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ANAQUEL DE TEMAS PUBLICADOS |
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EL VIENTO Y SUS DOS RUEDAS |
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1. CAMINO A LA UNIVERSIDAD |
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Atravieso raudamente el portal de la universidad. Tomo la larga curva que lleva hasta los pabellones de dos pisos que albergan los diferentes salones de las diferentes facultades. Al frente, con paso apresurado, veloz, viene hacia mí el paraninfo; pero antes de llegar a su larga estructura y las recias columnas que resaltan sus flancos, desvio mi rápida trayectoria rumbo a la derecha.
Cruzo la ancha plataforma que se abre enseguida delante de la delgada rueda delantera de mi biciclo. Luego sigo por un delgado camino, hecho por peatones sobre la grama, detrás del pabellón de oficinas. Me levanto del sillín para incrementar la potencia de mi pedaleo. Supero, en una exhalación, la cuesta para alcanzar la elevación donde asientan sus cimientos los aposentos estudiantiles donde se dictan cátedras.
Mis pulmones respiran en toda su profundidad y en toda su amplitud. Mi organismo completo es una máquina perfectamente aceitada y funcionando rítmicamente, sin haber llegado aún hasta su máximo desempeño.
Hay música de fondo que enmarca este suceso veloz de extremidades funcionando rítmicamente. “El Príncipe Igor”, de Alexander Borodin, habiendo llegado a su clímax, cuando dejé la avenida que conduce al campus, en este momento está en su decrescendo. Las dos horas y media que dura este tema maravilloso, para esta circunstancia ha estado sonando enteramente, sin cortes, en el relativo tiempo de seis minutos... no exactos. Seis minutos de intensa actividad que rompe todo protocolo de tiempo y espacio.
El aula que busco, se encuentra en el otro extremo, hacia el oeste del conjunto de pabellones. Y para allá me dirijo. La vía que escojí, para llegar a él, da un rodeo evitando las consabidas series de gradas que en otro caso me obligarían a descender de mi vehículo y avanzar a pie, cosa que me empeño en evitar.
Sin interrumpir mi pedaleo, ahora rodando sobre un piso rutilante de resistente fórmica, cruzo rápidamente entre estudiantes de la propia universidad, que van y vienen. Alcanzo el ala que da hacia el oeste, y encontrando la amplitud y el ángulo apropiado, me introduzco en la segunda puerta que encuentro abierta en el blanco muro del babellón.
El distinguido pedagogo, que un minuto antes había empezado sus clases, se vuelve para mirarme y todos mis condiscípulos también. Aquel, sonríe; y todos estos, sueltan la chacota. No es usual que alguien irrumpa de la manera como lo estoy haciendo.
Desciendo de mi bicicleta, la coloco junto a la pared. Saludo. Y busco mi asiento.
Esta aventura empezó, en casa, unos seis minutos antes, al otro extremo de la ciudad. Luego de colocar mis breves cuadernos y lapiceros en una mochila, cargué con esta, la coloqué en mi espalda. Tomé mi birrueda de curvos manubrios, y salí a la calle. Monté, e inmediatamente, con un potente pedaleo, en el que coloqué todo mi peso corporal, salí disparado.
Siendo mi máquina una de carrera, tiene un piñón y plato de varias velocidades. Suelo empezar mi trayecto hacia la universidad, o cualquier otro trayecto, con las velocidades que requieren un mayor esfuerzo. De esta manera, con un poderoso empellón nacido de todo mi peso corporal, pronto consigo mayor velocidad de desplazamiento.
Me gusta el raudo desliz sobre el pavimento.
Añado, recordando apresurados frenazos, que es lo usual cuando se viaja ráudamente en un aparato de estos porque siempre se suceden obstáculos que obligan, que los frenos originales con los que viene una bicicleta de fábrica, me duran muy poco. Dos o tres, recios frenazos, son suficientes como para hacerlos saltar rotos; por lo que me las arreglo para colocarles, desde un inicio, para la llanta trasera, cables de motocicleta. ¡Santo remedio! Recuerdo que el más grave incidente, con los frenos, sucedió mientras me dirigía al centro de la ciudad, un carro se metió en delante mío, apreté la palanca de freno, el cable se partió y yo, que había perdido el sustento para maniobrar apropiadamente en un momento así, me estrellé contra una de sus ruedas, afortunadamente todo salió bien. Los frenos, para mí, son esenciales para tener el control total de la máquina y hacer de esta una extensión de mi cuerpo.
Hasta la parte céntrica de la ciudad, dista unos tres kilómetros, y desde aquí, hasta el campus, siete. Y recorro este trayecto bajo el sol esplendoroso de la mañana. Mis cabellos flamean y mi respiración está acelerada. Mis brazos prendidos al manubrio y mi pecho y cara muy cerca de esta, en una posición corporal que ofrece poco margen al embate frenador del aire. Mis extremidades inferiores suben y bajan como dos poderosos embolos.
Mi vehículo de dos ruedas, recibe mantenimiento diario. Todos los días, luego de utilizarlo suelo revisarlo, limpiarlo y repararlo si hubiera algún desajuste. Esta tarea me pide pocos minutos, la cual me permite utilizar el aparato, al día siguiente, con la mayor seguridad y confianza.
Las manzanas urbanas, las calles, se deslizan rápidamente hacia atrás. Las personas, los coches, las cosas, todo, va en la dirección que las circunstancias imprime en sus vidas.
La velocidad, en el caso mío, ha permitido que yo desarrolle un sentido muy especial que me permite hacer cálculos rápidos para sortear obstáculos con anticipación de fracciones de segundo. Tengo que ceñirme a los parámetros nacidos de estos cálculos que devienen de una concentración obligatoria, especialmente en lugares muy concurridos.
Recorrer un mismo camino, varias veces, sirve para tener todo el mapa de sus particularidades que probablemente se repetiran. Cosas grandes y pequeñas de la ruta, que varían muy poco de un día a otro, están allí de nuevo para salvarlas felízmente. El cuidado es mayor cuando se lleva neumáticos delgados como los míos...
Recuerdo que, muy cerca de entrar al campus de la universidad, ya sin contratiempos, me volví. Allí, tras mío, muy atrás, ví a un ciclista. Leí en él, que había estado compitiendo conmigo. Me decía que había estado en una permanente carrera; que su intención había sido la de ganarme, lo que finalmente no ha conseguido. Yo esforzándome por llegar a mi objetivo en el menor tiempo, y él empujándose desesperadamente por superarme.
Algo más puedo leer en él, dentro de toda su actitud frustrada: ¡Que esa acción lo hace no por voluntad propia, sino porque le ordenaron hacerlo!
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2. EL TRIUNFO |
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Celebro a la lluvia cuando el alma suya, multiplicada infinitas veces, en pequeños corpúsculos cristalinos, golpea el gran teclado de la tierra preparada para una nueva primavera. Es música auditiva, visual, olfativa, táctil, gustativa, en fin, una inmensidad resumida de la vida que se renueva. Las neuronas cuánticas del corazón, detectan esta facultad maravillosa de la naturaleza.
La lluvia, en sí, pertenece a lo onírico, es el teatro donde cada gota de agua es una balerina con voluntad e inteligencia propia. Cuando el inmenso telón de lo que la racionalidad llama cordura se levanta, uno puede verlas moviéndose dinámicamente, tal como a unos seres vivientes debajo de la bóveda de la intemperie, expuesta toda su inmensa belleza.
“El príncipe Igor”, de Borodín, está lejos de terminar, suena gloriosamente. Las gotas de lluvia, usan la ópera para dar movimiento a su eurítmica existencia. Me veo en el escenario de la lluvia, moviéndome al compás de la sinfonía, en la que cada gota ejecuta, conmigo, la danza más extraordinaria que la intuición puede ver con sus siete sentidos.
La lluvia, al final, después de varias horas de veraz danza, culmina descendiendo en riadas de misterio por las calzadas diseñadas para su recorrido hasta la hoya que la naturaleza puso al pie del cielo, en el lago Titicaca. Es el final de mi acostumbrado momento de meditación matutina.
Falta algunos minutos para las siete de la mañana y ya estoy en camino hacia las aulas de la universidad, distante al otro lado de la ciudad. Mi recorrido, a estas tempranas horas, empieza en casa. Raudamente me he puesto en movimiento, montado sobre el sillín de mi estético vehículo de dos ruedas. Su livianez y agilidad, me lleva por la ruta que bien guarda en su fresca memoria mecánica de todos los días. Su gracilidad no la diferencia del viento soplando briosamente en la dirección convenida; es un solípedo con los hollares rompiendo el pavimento lleno de sol; sol que es interrumpido de cuando en cuando por la larga sombra de los edificios.
Mis costados son borrones que rápidamente se van quedando tras mío. Para mi creativa imaginación, mi delgado vehículo de metal se ha transformado en un “Hyracutherium”, en un caballo brioso corriendo en las amplias sabanas de la prehistoria. Las ventanillas de sus ollares juveniles se ensanchan y comprimen rítmicamente. Su cuerpo aerodinámico toma la frescura ambiental para refrigerar sus potentes músculos. Su larga crin flota como una bandera en lo alto del palo mayor de un yate de carrera en los momentos de su máximo desplazamiento.
En una avenida saturada por el tránsito de vehículos motorizados, cuando ya había yo recorrido las dos terceras partes, surge de improviso un enorme camión. Sin la urgencia para realizar maniobras para evadirlo y por otros elementos más que coincidencialmente surgen en el momento, me veo obligado a frenar. Cuando el pesado camión ha pasado, justo en este momento, un ciclista que venía raudamente tras mío, toma la delantera.
Reconozco en esta persona, a aquel personaje que en una anterior vez estuvo en este mismo trayecto intentando ganarme una carrera que él se había propuesto y que yo ignoraba. Continué mi marcha interrumpida, él adelante yo detrás. Mi rapidez de desplazamiento era el mismo que antes del camión, y, en los siguientes minutos, la distancia que me separaba del espontáneo ciclista, se acortaba cada vez más. Él, viéndome tan cerca empezó a acelerar, y yo, como respuesta, dejé de pedalear indicándole que yo no estaba en una competencia.
Luego de verlo tan adelante, volvía a mi ritmo anterior. Nuevamente los metros que separaban nuestras bicicletas, empezaban a reducirse y el a realizar esfuerzos exagerados por mantenerse adelante. Un camión con la carrocería totalmente de metal, venía por una vía oblicua, ambos pudimos adelantarnos a su paso, pero decidí reducir mi velocidad y permitirme atravesar esa vía después del robusto carro.
Mi nuevo empuje me acercaba, poco a poco, a aquel ciclista. Pero en esto, el campus de la universidad surgió en delante. Él, continuó una trayectoria recta y, yo, me metí por el portal que lleva a los recintos de las cátedras.
No hay duda de que, este señor, sigue los mandatos de otro. Busca de un triunfo tan baladí. Todo este desempeño, me hace pensar, en lo insustancial de su vida como el del que lo mandó hacerlo. Sus actos hablan en voz alta, señalando dolorosas psiquis. Sin objeciones, uno puede afirmar que el detonante de estas acciones han sido cosas nimias, cosas nada sustanciales que sus atribulados interiores han convertido en inmensos monstruos que roen morbosamente sus mientes. Un hecho poco relevante que pudieron ver en mí, en ellos se convierte en un morboso ente que golpea algunas heridas suyas abiertas subconcientemente y que ellos permiten que crezcan más y se infecten innecesariamente. ¡Ah, esa vanidad, ese orgullo, ese odio, esa envidia, ese miedo, sumados a otras numerosas y feas sombras psicológicas enquistadas en la propia carne!
Para empezar, no conozco a este individuo. Esta es la segunda vez que lo veo, en iguales circunstancias las dos veces. Viene a ajustarme alguna cuenta, por algo tan intrascendente como una tos o un bostezo que a otra persona le molestó. ¿Acaso le gané alguna carrera a uno de los que considera suyos? ¡Vaya que personas tan lloronas!
No me gusta competir en la vida. Menos en una circunstancia como la presente. No acostumbro competir contra personas, prefiero hacer las cosas lo mejor que pueda en todos los ámbitos. No, ni siquiera tengo la idea de convertirme en un buen ciclista, tengo sí la intensión de avanzar cada vez, más rápido, en trayectos determinados, sin importarme nada más. El ciclismo es, para mí, una forma de mantenerme física y psíquicamente, perfectamente bien; y si en esto se puede ir un poco más allá, ¡bienvenido!
En el arte, me es lo mismo. Empecé haciendo simple garabatos en mis cuadernos de escolar. Con el tiempo, estos garabatos evolucionaron sin yo darme cuenta mientras que cada día iba yo un poco más allá... perfeccionándolo sin intentar ser el mejor de los dibujantes, simplemente haciéndolo, rompiendo cada vez mis propios límites.
Al otro día, de esa “competencia de velocidad”, vuelvo a ver a aquel ciclista. Esa vez está sin su vehículo y sale de una bodeguita. Y está sonriendo... Me llama la atención esta sonrisa, no es natural, es forzada. No le doy importancia y prosigo mi camino, montado sobre mi “Equus”.
Al otro día se repite una vez más la misma escena del ciclista ese y de la bodeguita. La misma actitud, la misma pose, como si esta y aquella escena, fueran una misma copia. Me digo: “Está intentando hacerme creer que competimos y que me ganó en la supuesta carrera. Está mostrándome una elaborada cara de ganador. ¡Vaya, para lo que se dan tiempo!”. Cualquier persona que hubiera estado viendo aquel momento, sabría que no hubo tal.
Su mundo es brutal por todos sus lados. Complican su propia vida, sacando elementos de hechos intrascendentes. Enseñan y dan el ejemplo de que es normal reír cuando se gana y triste cuando se pierde. ¡Craso error! Lo mejor que deberían enseñar y dar como ejemplo, es la calma, la serenidad. Las risas y las carcajadas, son un evidente signo que allí adentro, de quién ríe y carcajea, anida la pena y la desdicha. La serenidad se consigue con serios y voluntarios trabajos.
Aprenden que deben alegrarse cuando alguien les felicita y ponerse triste cuando les censuran. Ponerse alegres cuando consiguen lo que buscan y ponerse tristes cuando no lo consiguen. Saltar de alegría cuando les palmotean la espalda y atribularse cuando les ponen mala cara. Son erróneas maneras aprendidas que finalmente pueden conducir a serias enfermedades mentales.
La buena salud mental, si no la hemos recibido en nuestros primeros años, es posible conseguirla después. Es importante conocer que aquello que ensombrece nuestras vidas, es posible de ser arrancado de nuestro interior, es posible remplazarlo por una saludable vida. Es importante no permitir que otros arruinen nuestra vida interior, cerrarle todas las puertas, y hay maneras sin huirles o hundirse uno en un claustro. Además, es necesario saber que, aquellas cosas funestas de nuestro interior, estarán allí, en espera del estímulo que los haga manifestarse, por eso es importante desintegrarlas en la misma vida diaria, en cualquier lugar.
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3. ¡ESTÁ HECHO DE PIEDRA! |
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Atravesé un mamparo de vidrio. Y caminando sobre el encerado piso de parquet, me llegué a una gran mesa de madera cubierta de formica blanca. Coloqué mi mochila sobre la ancha y larga superficie del pesado mobiliario. Tiré de la silla más próxima y me senté en ella.
Abrí el morral. De su interior de tela saqué uno de los dos cuadernos y uno de los dos lapiceros de tinta seca que llevo yo como de costumbre.
Y ahora, con ambos artilugios en las manos y sobre la mesa, me dispongo a dibujar. Un fugaz momento de recuerdo viene a mi memoria en este momento cuando la suave textura del papel bond reposa debajo de mis manos, el recuerdo de uno de mis entrañables amigos, de Efe Hache.
Efe Hache es condiscípulo mío de la Facultad de Biología. Efe Hache, también es músico y ambos pertenecemos al mismo grupo de sikuris. Efe Hache, es el ehtrañable amigo que me obsequió este cuaderno de dibujo.
La sala de lectura de la biblioteca universitaria, a esta hora, a media mañana, está casi desierta. Al fondo, en una esquina, en el amplio escenario de paredes de color marfil, entre mesones y sillas, una pareja de enamorados platica sobre aspectos personales mientras da breves hojeadas a sendos libros. En una esquina opuesta, un estudiante con gafas, está inmerso en un tema propio de su carrera. Y hay otras pocas escenas más, de índole propias de un lugar de lectura, consulta, estudio e investigación, distribuidas en la amplitud del silencio.
Hoy, como ayer, me dispongo a utilizar un fragmento de mi tiempo diario para dibujar.
Todo dibujo mío está compuesto por miles de trazos de lapicero. Trazos cortos, trazos medianos y trazos largos, hechos a suave pulso. Trazos, en su mayoría verticales. Los trazos cortos no superan los cinco milímetros. Los medianos alcanzan los diez milímetros. Los largos, se ajustan a los treinta milímetros. Y hay muchos, muchísimos, trazos que tienen distintas dimensiones lineales. Trazos que yo llamo garabatos.
El grosor de cada trazo, no alcanza el milímetro de ancho. Cada trazo, no deja estrías en el papel, por la delicada presión de mis dedos con el bolígrafo. Cada zona del papel tiene diferentes cantidades de trazos. Las zonas más oscuras tienen superpuestas varias capas de estos trazos y las claras, muy pocas una o ninguna.
Mis manos danzan con cada garabato. La coreografía de mis manos es la higiene anímica donde la infinitud de la razón se reduce a la nada. La acción de cada movimiento posee la precisión de la matemática aplicada en la creación de vida. La vida fluye delicadamente como un manantial regando la tierra y entregándole lo necesario para perdurar. Bailo, ¡sí! ¡bailo!, en lo incorpóreo mío.
Mis manos hacen música con cada garabato. Susurra la esfera rotando por el espacio, su estela es la luz dando forma a las cosas. La esfera... es la punta del bolígrafo. Cada susurro de la esfera, es el sonido del silencio, de la calma, de la extensión del infinito. Cada susurro es silencio tan intenso y ha caído entre el caos. Tomando cada desorden del caos, el susurro le ha colocado en el lugar apropiado, dando el orden.
Cada garabato es una delicia, una ambrosía. Es una fruta deliciosa en medio de un huerto paradisíaco. No hay nada prohibido aquí, cuando los ojos, que a la vez son la suma de todos los sentidos humanos, están abiertos en la inmensidad del mundo donde el perfume de las musas repleta la atmósfera por respirar. La fruta, ¿es una manzana? Sí, es es una manzana.
Por hoy la fruta es una manzana, la que mordisqueo. Mañana será otra deleitosa fruta.
La catarsis más amplia, me sume en su infinito...
—¡Hola, Raúl! — dice Eme Ce, recién llegando.
—¡Hola, Eme! —le respondo cordialmente, interrumpiendo mi garabateo. Eme Ce, me ha sacado de mi ensimismamiento catártico. Eme Ce, es uno de mis amigos más cercanos que estudia en la Facultad de Minería. Lo vi anoche y estuvimos conversando en su casa con sendas tazas de café con leche.
—¡Guau! ¿Dibujando?
—Sí.
Eme Ce trae en las manos una pila de libros, incluido su cuaderno de apuntes; pila que deja caer en la mesa. Se sienta él en la silla contigua y, casi sin decir nada más, abre uno de sus libros y se concentra en el tema que ha traído esta vez.
Yo vuelvo a concentrarme en el dibujo. La danza del lapicero vuelve a untar el papel y su música a consolidarse en la atmósfera de las dos dimensiones de la blanca textura; su arquitectura, solidifica sus construcciones y, en fin, todas las artes traen a sus musas para convivir en cada garabato. En este momento cuando el Universo es una corazonada silente en la inmensidad de lo Absoluto, a mis espaldas oigo una voz:
—¡Miren lo que está haciendo este chico! ¡Miren...!
Volteo con la calma de la sangre corriendo plácidamente entre la maraña sanguínea de un grano de arena incrustada en el ladrillo de una magna catedral. Quién lanzo esa voz, más bien un grito que bien pudo oírse en todo el campus, es una chica que estudia Medicina Humana. Ella, bonita y pelirroja, acaba de entrar con varios de sus condiscípulos, chicas y chicos, y al pasar junto a mí, y al ver lo que yo estaba haciendo, se detuvo a mis espaldas y ahora, después de su chillido, me mira directamente, a los ojos.
Toda mirada se ha vuelto para vernos. La pelirroja y yo, somos, por un momento, el centro del Universo.
Yo, sin más, vuelvo a mi faena, inapetente a cosas que no sea el dibujo, el poema, mis amigos, la música, el deporte..., etcétera. Un minuto después llega Ed Ele, otro minero y se sienta en frente del mesón. Ed Ele, es otro muy buen amigo, que junco con Eme Ce y algunos amigos conformamos un corro muy pequeño.
El día siguiente es un día diferente, no de estudios universitarios. Empieza con el sol subiendo por los escalones de las horas en busca del cenit del mediodía. “El Príncipe Igor”, de Alexander Borodin, anima majestuosamente el momento en que me dispongo a salir de casa con el cometido de recorrer veinte kilómetros por la carretera que va hacia el Norte, en sentido contrario a las calles y pistas que usualmente me llevan hasta el campus universitario. La ópera auspicia cada evento de las que está compuesto esta actividad en su inicio, una actividad de dinamismo muscular sobre una máquina de dos ruedas.
La ópera de Borodin, se extenderá durante todo el tiempo que dure la incursión mía sobre los pedales, como todas aquellas que desde algún tiempo atrás, meses que pueden sumar años, me llevo a realizar con cierta cotidianidad porque me agrada.
Allá voy, primero rodando sobre la calle de cemento, entre las manzanas urbanas, buscando el asfalto de la carretera.
Una vez, en la carretera, por el borde de asfalto, detrás de la linea blanca dentro de la cual los vehículos motorizados se deslizan como oníricos titanes mitológicos, mi humanidad es la mezcla de un singular centauro. Mis músculos y huesos articulan armoniosamente con el metal y sus ruedas. Mi cerebro está enraizado nerviosamente de manera íntima, a través de mis brazos y piernas, con las fibras de metal y de las gomas. ¡La libertad es la velocidad!
A mi izquierda, a un centenar de metros, por un costado de la carretera, los totorales preceden a las aguas azules del lago Titicaca. No hay viento, lo que hace que la excursión mía sea más suave y más rápida. Debajo de las llantas, la gravilla del asfalto se convierte en múltiples garabatos que una mano invisible traza velozmente en sentido contrario al que llevo.
Dos kilómetros después, volteo para ver el terreno que acabo de recorrer... y ¿qué es lo que veo?: Ni más ni menos a aquel personaje que, en dos veces anteriores, en mi habitual viaje a la universidad estuvo tratando de ganarme las sendas carreras que alguien le ordenó realizar.
Allá atrás, viene, como a medio centenar de metros, cabalgando su habitual penco rojo, propio para un desplazamiento apropiado para las calles de una ciudad. Mi équido está hecho para pistas como la que estoy recorriendo ahora. Si bien, su montura sirve magníficamente para carreras cortas, es prácticamente inútil para galopadas de larga distancia como la que pienso realizar. ¿Por qué, esta la quijotada suya? No me atrevo a hacer públicas mis deducciones, sería redundar sobre conceptos psicológicos vertidos anteriormente.
Ahora que lo he visto, él intenta alcanzarme. Pedalea bravamente.
Yo, por mi parte, sin las preocupaciones de la ciudad, sin la intempestiva aparición de algún vehículo motorizado en frente, sin el cuidado por las llantas que podrían pincharse fácilmente ente los desniveles de las calles, sin ninguna necesidad de frenados y acelerados bruscos, me desplazo a una velocidad constante. Velocidad que ahora decido aumentar... un poquitín, lo que al final del recorrido podría reducir mi tiempo de ayer.
Aquel hombre prosigue con su interés de alcanzarme. Aumenta la rapidez de su pedaleo, sus pies prácticamente vibran rotando. Me digo: “Con ese esfuerzo, en algunos minutos terminará agotado”. Y, en efecto, después de un buen momento en que parecía que iba reduciendo distancia, se va rezagando.
Kilómetros adelante, cuando vuelvo la mirada ya no lo veo por ninguna parte, ha desaparecido de la carretera, pienso que prosigue avanzando detrás de la curva que ha surgido minutos atrás. Pienso que continúa con su trajín, pero ya muy lento y que, posiblemente, lo veré en la vuelta.
Curvas y kilómetros adelante, cumplida la distancia propuesta en un inicio, decido volver. El sol brilla allá arriba, en el azul del cielo. El viento que insensiblemente frenaba mi avance, en la ida, ahora, en la vuelta, me beneficia y la aprovecho al máximo. Las dos llantas reptan como veloces serpientes negras sobre el pavimento y su poesía comulga con el dinamismo de cada uno de mis músculos, específicamente de todos aquellos músculos que están ubicados debajo de los dos tercios de mi humanidad. Mi respiración tiene un compás rápido y añade más versos de elocuente ritmo al poema de la potencia muscular. Mis glándulas sudoríparas son géiseres en erupción constante.
Adelante, como a doscientos metros, junto a la carretera surge de repente una adolescente tirando de un jumento al final de una cuerda. Ambos se detienen muy por detrás de la línea blanca del asfalto para permitirme el paso. Yo desciendo por un momento la mirada hacia el piso y, cuando lo vuelvo al frente, ¡es inconcebible!, ¡allí adelante veo al pollino metido con toda su peluda corpulencia dentro de la carretera! En una fracción de segundo, el animal ese se ha convertido en un obstáculo infranqueable contra el cual me voy a estrellar irremediablemente. Yo, que iba con los codos sobre el manubrio, ahora doy contra el costado del pobre cuadrúpedo, y ambos somos lanzados contra la dura superficie del asfalto.
Caigo encima del pobre burro. “¡Uy, está hecho de piedra!”, me digo sintiendo como si me hubiera estrellado contra el propio asfalto.
El animal dobla su cuello y me mira comprensivamente. Veo tanta nobleza en sus ojos mientras me levanto de encima de él, su mirada es expresivamente humana, muy humana. Le pido disculpas y sé que él lo comprende, lo leo en su mirada. El prosigue tirado en el piso durante un largo rato más. No está lastimado.
Reviso mi máquina y, después de unos breves y recios tirones, corrijo la horquilla levemente doblada por el encontronazo. La pruebo y sintiéndola normal, extrañamente normal, decido continuar mi marcha ante la mirada asombrada y risueña de la niña que en ningún momento ha dejado la reata de la accidentada acémila.
De aquel individuo, él de la bicicleta roja: no lo vi más. |
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