Ella duerme. La miro directamente. Su rostro perfecto llama toda mi atención.
Estando yo, como a cinco pasos de ella, me acerco más. Un acto propio del intuito mío por la catarsis que fluyen de las obras de arte me hace dar estos pasos. Me detengo muy cerca, tan cerca que con estirar mis manos podría tocarla.
Desde esta distancia, su presencia es mágica, divina. Acerco mi rostro hacía el suyo. Ya puedo oír su respiración, inspira y expira suavemente y ese viento sutil suena como el Concierto nº 5 en mi bemol mayor "Emperador", de Beethoven.
Mis ojos, sedientos de tanta belleza, se enfocan ahora en los ojos de la bella durmiente. Cerrados estos, por los candados de tenues pestañas, las cuales titilan luminosidades de una actividad astral en el jardín de las Hespérides.
Sus pómulos transfigurados por el rosado más hermoso hacen de ella una maja celestial. Y pendientes hay en sus orejas, como gotas de agua que clavan sus raíces en la superficie del tiempo. Las perlas líquidas parecen moverse delicadamente bajo el influjo de sutiles brisas.
Sus labios, como el mar y el cielo unidos por el grana del horizonte, por el momento guardan el diccionario cerrado de un exquisito timbre femenino. El mar y el cielo sin la tormenta del diálogo, musitan versos en la calma del silencio que mis oídos anhelantes de catarsis no pueden ignorar.
Mi rostro se acerca más al de ella, sus labios son irresistibles como un poderoso imán ante el cual soy simple hierro. Volteo hacia los costados, en todas las direcciones, para ver si encuentro la salvación que me impida tocar con mis grotescos labios los de ella. No, nada que me impida lo que trémulamente me propongo a hacer.
Ya nada hay que evite la consumación de la felonía mía, solo la distancia, un par de centímetros... los que se van reduciendo inexorablemente.
La música, el "Emperador" de Beethoven, en este momento, suena con el estruendo de las armonías. Es la exaltación del mito. El Universo equilibrado de todas las realidades.
Cuando lo inevitable iba a suceder, me detengo y retrocedo. Una imperiosa fuerza me detiene. Esa fuerza, el producto del eudemonismo de la vida familiar armoniosa, actúa en mí. Es la fuerza de la catarsis. Y salgo con prontitud de la alcoba de la bella durmiente.
Con la música de Beeethoven, que coloca baldosas de paraíso a mi paso, me llego decididamente hasta la cocina. Mi madre prepara el almuerzo en ese ancho aposento que tiene el aspecto de un laboratorio surrealista. Olores agradables brotan de las bocas de trebejos que, para mí, son extravagantes botes sacados de una fantasía onírica.
Mi madre no está sola, la acompaña una de sus amigas, la mamá de la bella durmiente que yace recostada en su lecho de mar de ondeante tela. Ambas mujeres preparan el almuerzo.
En ese extraño laboratorio, de muchos aromas y aperos y de fuegos encendidos, le digo a la que me engendró:
—Mamá, ¡té quiero!
Ella, dejando en una mesa la casuela y el contenido que iba a añadir en la humeante olla, se limpia las manos y toma una taza que encuentra en un estante. De una hervidora, echa el líquido caliente en la taza. A travéz de la larga boquilla de una tetera, luego, deja caer un líquido oscuro en la misma taza. De otro recipiente pequeño, con una cucharilla, coge los cristales del endulzante de color café que allí hay y los mete en la taza. Bate el contenido de la taza.
—Toma, Hernítan —me dice con una sonrisa.
No sé de donde ha sacado este diminutivo, pero lo usa siempre conmigo. Lo usa cariñosamente.
Bebo el té. Huele a maravillas y sabe a elíxir de dioses. Termino el contenido de la taza con pequeños sorbos y deposito el cuenco ese en el mismo lugar de donde mi mamá lo había levantado. Satisfecho algo de la cocina.
Dejo atrás ese raro espacio donde ambas mujeres manipulan cosas de alta magia culinaria.
Ahora, mis pasos me llevan al garaje. Allí está el camión con el que muchas veces había salido a dar algunas vueltas por la ciudad. El armatoste este, estacionado en un rincón, tiene una llanta fuera de su eje. Iba a reparar esta avería esta mañana, muy temprano, anoche me lo propuse pero todavía no encuentro el momento apropiado, más tarde lo haré.
El auto que está muy cerca del camión, mi infatigable compañero de aventuras por la ciudad y sus alrededores y algunos largos viajes, me hace imaginar nuevos lances de aventura a realizar durante las siguientes horas.
La camioneta que está en el otro rincón del garaje, que está en perfecto estado como el auto y no como el camión, también me tienta con una rápida vuelta. El vehículo es nuevo y brillante y, la vez que la exhibí, causó la admiración de todos mis amigos, hoy podría repetirse esta escena. Lo miro por un momento decidiéndome si debo sacarlo a la calle. Finalmente mis deliberaciones me hacen decir que hoy no usaré ningún vehículo de ruedas, ni el auto ni la camioneta. Saldré a caminar, seré un peatón más.
En la callé, sin saber a donde ir, simplemente me pongo a pasear en la dirección que el azar me entregue. Tal vez la fatiga me indique el momento de regresar.
En efecto, ya de tanta calle, vuelvo a casa sediento, no cansado. Vuelvo por la cocina y allí está mama y su amiga, hacendosas como las dejé.
—Mamá, ¡té quiero!—le digo con un gesto calculadamente cansado.
Ella me mira tan solo y voltea para seguir con sus cosas en su raro laboratorio de trascendentes experimentos.
—Mamá, ¡té quiero!—repito, amplificando mi gesto cansado.
Ella, esta vez ni me mira. Y sigue manipulando incansablemente sus artilugios de magna ciencia.
—Mamá, ¡té quiero!—lanzo un grito esta vez, debe escucharme de cualquier manera.
Ella, impasible e ignorándome por completo, ya levanta la tapa del recipiente que burbujea sobre el fuego y del que alguna vez, metiendo mis manos, había sacado un trozo de carne cocida y me lo había comido.
—Mamá, ¡té quiero!—gruñí amenazante.
Ella insufrible como siempre, no me da la menor importancia. Se pone a silvar una tonadilla navideña.
—Mamá, ¡té quiero!—suplico vehemente.
Ella impertérrita y sin mirarme está tan sorda ante mi cambio de estrategia para llamar su atención. Su tonadilla navideña me irrita, pero sigo con lo que considero mis justos reclamos.
—Mamá, ¡té quiero!—ruego—. ¡Té quiero! ¡Té quiero! ¡Té quiero!
Noto que la amiga de mamá empieza a sonreir, pero no me mira. Simplemente sonríe.
—¡Té quiero! ¡Té quiero! ¡Té quiero! —me lamento ya, lloroso.
Entonces, ella mi madre, con una sonrisa pícara me dice:
—Hijo mío, ¿tanto me quieres?
No lo sé pero, siento que mis mejillas queman con un carmesí más encendido que el de los labios de la bella durmiente del contiguo.
Soy un párvulo de poco menos cinco años y la princesa que yace en su cochecito tiene tres años. Y es la milésima vez que, en un corto tiempo, a mi madre yo le pido té. |