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ANAQUEL
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Actualizado: Martes, Junio 11, 2024
   
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Anaquel

ANAQUEL DE TEMAS PUBLICADOS

 
¡PERFECTO!
 
 
1. EL ASCENSO AL VOLCÁN:
 

Allá estaba yo, mirando la profundidad del cielo mientras permanecía sentado en algún lugar del volcán Misti. Hace diez y nueve horas, de ese día, yo había tomado un taxi en el terminal terrestre de Arequipa y le había pedido al conductor que me llevará hasta un lugar desde donde yo pudiera ir caminando hacia la singular mole orográfica que caracteriza a aquella ciudad. Esa maravilla de la naturaleza que las fuerzas telúricas formaron hace millones de años atrás, a esa hora de la mañana cuando las incontable farolas de la ciudad despedían amarillentas luces, se encontraba escondida en alguna parte de la noche. Cuando dejé el taxi, había, por lo menos, veinte kilómetros de distancia entre mi aventurera humanidad y ese apetecible cono montañoso.

Con todas las constelaciones brillando en la bóveda del infinito, simplemente esperaba el amanecer. Me dije: "En este momento, yo debería estar viajando rumbo a Puno, durmiendo cómodamente en uno de los asientos sofá de un bus". Tenía previsto alcanzar la cima del volcán durante las horas de la mañana, a lo sumo en las primeras horas de la tarde. No sucedió así.

La razón principal de que mi osado plan fracasara, se debió a la falta de agua. ¡Una catástrofe!, que limitó mi accionar físico de manera drástica. Son necesarias, en una circunstancia así, por lo menos de dos litros y yo no poseía ni una gota. Tanta agua embotellada había en el terminal terrestre de buses que pensando comprarlas en el camino, como hace tres décadas atrás, finalmente no encontré una tienda donde obtenerla, pues a esa hora de la mañana todas estaban cerradas.

Pude detenerme, retroceder y conseguir el preciado líquido, pero no estaba dispuesto a recular. Sin detenerme para nada, a sabiendas de lo que me esperaba, continué mi osada marcha luego de idear un temerario plan: Confiaba en mi capacidad física. ¡El peor error de mi vida!

¡Ah, la música! ¡Siempre hay música en cualquier lugar del planeta! Cada cosa suena. Todos los seres vivos suenan. Suena la perdiz. Suena el colibrí. Suena el águila. Suena la lagartija. Suena el escarabajo. Suenan los arbustos. Suena la tierra reseca. Suenan las rocas. Suena la temperatura. Suena el cielo.

Sonaba El Invierno de Vivaldi. Era una ópera que resonaba dentro de mi cerebro, y reunía a todos aquellos otros sonidos de la naturaleza y daba marco a mi marcha infatigable por aquellos lugares salvajes de la naturaleza.

Sonaba mi respiración aceleradamente en aquellas soledades desérticas que el tiempo se atrevió a plasmar en algún recodo de la Vía Láctea..., es decir en algún lugarcito del planeta Tierra, específicamente en un diminuto fragmento de los Andes. Ya mi paso apuraba, corría, mientras la noche se transformaba rápidamente en día. Debía yo de avanzar lo máximo posible antes que el sol me diera de lleno y redujera mi avance drásticamente. Afortunadamente la sombra del volcán me brindó una gran ayuda luego que el sol saltó fuera del horizonte, pues se mantuvo durante un buen tiempo más mientras que fuera de ella la tierra ya era achicharrada sin misericordia.

Cuando el astro rey se puso por encima del cono volcánico, bebió de un sorbo la poca humedad que la noche mantuvo sobre la reseca tierra, e insatisfecho aún, tragó de una dentellada la baja temperatura invernal. Para entonces ya me encontraba muy cerca de la falda volcánica, sudando a raudales.

A medida que yo subía la ladera del Misti, el panorama de entorno se ampliaba maravillosamente debajo mío. Las montañas cercanas con sus cumbres milenarias, dentro de las cuales se destacan otros volcanes, musitaban un aria que nadie que no haya subido a aquellas alturas puede oírla.

El tiempo se llevó rápidamente al día, la falta de agua añadió a las horas una realidad de ensueño lento. Cuando la temperatura empezó a descender, la precisión de los sentidos volvieron y, para entonces, el globo de helio del cual depende la vida del planeta ya se encontraba a punto de hundirse tras las montañas del poniente.

Encontré por ahí, entre las rocas, una botella de agua que alguien abandonó por resultarle ya inútil. Por cierto algunas personas desechan el agua que ya no necesitarán en el viaje de vuelta. Bebí de esa agua con fruición. Me sentí diferente.

La cumbre estaba a un par de pasos, pero, con el terreno inclinado, cubierto de movediza grava, me hubiera permitido alcanzarla cuando la noche ya empezaba a caer. La prudencia me dijo que ya era el momento de volver, ya habrá otra oportunidad y, sin duda, que entonces será diferente, y poco a poco empecé a descender la ladera del volcán.

La noche venía aceleradamente y yo, moviendo los pies rápidamente sobre la inclinada superficie movediza, patinando sobre la gravosa arena, me deslizaba rápidamente.

Ya con las tinieblas, encima mío, el camino se esfumó y yo me extravié en parajes donde la vida es difícil, sino imposible, sin vituallas apropiadas para un lugar de alta montaña en la época invernal. El trayecto que debí culminar en las primeras horas de la tarde, como lo tenía previsto, aún no acababa... El último alimento que yo había tomado fue en las primeras horas de la noche anterior y no llevaba ninguna comida para esta ocasión, pues tenía previsto gustar de esta vital actividad después del descenso, en la ciudad.

Ya había hecho rutinas parecidas, reitero, tomando en cuenta mis características físicas y el tiempo por utilizar... y todo me resultaba como había planeado. Ese día todo había fallado.

 
 
2. EL DESCENSO DEL VOLCÁN:
 

La noche, en lo desolado y con el cielo sin nubes, tiene la suficiente negrura como para resaltar la maravilla del infinito. El cielo abierto con toda la intensidad titilante de sus miriadas de cuerpos celestes, posee vida y en esos momentos lo exhibe con toda aquella potencia creadora de mundos habitados. Cada estrella tiene una firma luminosa propia, un centelleo compuesto por toda una gama de colores que no se repite en sus hermanas celestes, colores que identifican sus compuestos químicos.

El cielo en momentos así en un lugar alejado de todo lo habitado por el hombre, hace música y la única persona en medio de ese gran teatro se solaza con todos sus sentidos abiertos... Esa persona soy yo, un diminuto representante del Homo sapiens, una insignificante pequeñez que absorbe el infinito en amplias inspiraciones y llena sus inmensos interiores con las constelaciones.

Tengo una cámara fotográfica en las manos, la veo como un instrumento tan inútil por el momento pues carece de alguno de sus complementos para tomar fotografías nocturnas: me refiero a su trípode. Con esta pude tomar unas maravillosas instantáneas del infinito constelado, cosa que ahora sólo puedo retener para siempre en mi recuerdo. Pero la cámara fotográfica sí me es útil para utilizarla como linterna y alumbrar con su parca luz los dificultosos caminos de las faldas del volcán que la noche coloca en delante mío.

Todo intento de encontrar una senda en una noche sin luna y con una deficiente luz, se hace imposible para mí. Las plantas, las rocas, las sendas abiertas entre el follaje de las espinosos arbustos, todo lo que de día aquí es una simpleza que colabora con la orientación, desaparece luego que el día se ha ido.

Me queda, no otra cosa, después de haber intentado una y otra vez de encontrar el camino de regreso a la ciudad, buscar un lugar donde pasar las horas restantes que quedan hasta el amanecer. En un pajonal, luego de abrigarme de la mejor manera que puedo encontrar, sentado me sumo en la meditación. Dormito a intervalos.

Junio suele tener, en esta parte de Sudamérica, las temperaturas más bajas del año, muy por debajo de los 0º Celsius. Y rodeado de esta drástica inclemencia, en la inmensidad del páramo andino, mi humanidad es un diminuto pálpito de calor imponiéndose al azar.

Cuando la claridad del nuevo día elimina todas las dificultades que puso la noche en delante mío, entonces ya estoy desandando el camino y rápidamente he dejado la ladera del volcán que fue mi albergue momentáneo. En algún momento de las horas siguientes, el sol con toda su intensidad cae de lleno en todos los caminos y en esa vasta extensión árida mi humanidad sudorosa es una pequeñez insignificante muy diferente a la de la noche pasada en la que luchaba contra el frío, ahora lidia contra el calor que está por encima de los 30º Celsius.

¿Qué misterios tiene la vida? Encuentro una botella llena de agua que alguien tiró junto al camino. Es prácticamente un milagro un encuentro así, ¡la resurrección para una persona carente del vital líquido desde la tarde del día pasado! Me falta aún muchos kilómetros para llegar a la ciudad y la carencia del agua podría traer un resultado funesto para cualquier ser humano.

Escogí otro camino para volver a la ciudad. Uno más largo que el anterior.

Junto al cauce de un río seco encontré algunos huesos de un bóvido, no muy antiguos; un singular detalle que convertía a la reseca tierra en un desierto con todas sus reglas. Nada humano habitaba esas soledades, excepto la precensia mía de manera esporádica

En la desolación de la tierra, muy pronto el camino se convirtió en una senda donde los neumáticos de algunos vehículos motorizados dejaron su huella indicadora de la presencia, ¡por fin!, humana.

El medio día quedó atrás en la extensa planicie de la aridez y las primeras horas de la tarde traían los primeros conglomerados de viviendas humanas y sus rústicas calles. No vi ningún alma por esas calles llenas de polvo e intenso sol. Eran horas laborables.

Una de las calles me llevó hasta una elevación desde el cual, como por ensalmo, se abrió toda la ciudad de Arequipa. ¡Inmensa esta!, se distribuía hasta donde la vista alcanzaba.

 
 
3. DESPUÉS DEL VOLCÁN:
 

Todo viaje empieza con un paso. Todo viaje termina con un paso. Un viaje puede ser una sinfonía hacia los interiores humanos. Y una sinfonía es un relato extenso..., es un libro que suena. Mi viaje empezado dos noches atrás, en la principal localidad asentada a orillas del lago Titicaca, distante a ciento setenta kilómetros, en linea recta, pero a unos doscientos cuarenta y cinco kilómetros por carretera, está por terminar.

¡Qué música la que hacian mis pasos y todos aquellos pasos que di desde el primer momento en que empecé esta aventura hacia el volcán! Mis pasos tecleaban el piano de la tierra, y el crescendo llegó a un límite insospechado la noche pasada luego de haber yo perdido el camino de vuelta. En la inmensa soledad que la orografía ha diseñado en una vasta zona de volcanes, ahora inactivos, mis interiores comulgaban con el infinito constelado, esperando el amanecer de un nuevo día. Esa música está finalizando...

He visto una bodeguita junto a un grupo de casas al borde de una calle asfaltada. Me llego con premura hasta su puerta adornada con carteles anunciando productos que allí se expende.

Detrás de un mostrador una señora de mediana edad me pregunta y yo le respondo. Ella me entrega una botella descartable con dos litros y medio de agua y un vaso también descartable. Dejo algunas monedas en el mostrador. Después de un "¡Gracias!" de parte mía, vuelvo por mis pasos y; una vez en la calle, busco asiento sobre unos bloques de cemento colocados en la sombra de la bodeguita.

El agua sabe deliciosa. El primer vaso que bebo es tan rápido, apremiante, una gota atravesando mi garguero. Mi sed es grande. En este momento una persona, muy joven, masculina, sentándose en un bloque cercano, me entabla una conversación. Quiere saber detalles de mi experiencia en el volcán. Le cuento brevemente algunos pasajes de lo que me sucedió.

He visto unas tres carpas en el otro costado de la calle con unos letreros que dice: "Almuerzo". Y me levanto de mi asiento con toda mi atención centrada en esas carpas. Me despido de mi reciente amigo y antes de cruzar la calle reparo que mis pantalones están cubiertos con una capa gruesa de polvo. Con varios manotazos desprendo algo de esa capa que se desvanece con el suave viento.

Toda mi impedimenta está cargada de grueso polvo con el color de la cocoa. Posiblemente, mi rostro, que no he tenido la ocación de ver, tenga el mismo color del polvo.

Una dama, saliendo de otra bodeguita, coincide con mi acto de sacudir mis pantalones. Sin proponérmelo miro su rostro y veo en sus ojos una llamarada de fastidio y temor reprochándome mi actitud, algo que interpreto así: "¿Qué te hice? ¿Por qué me castigas de esta manera?" Vuelvo a sacudir mis pantalones y esta vez mi acción coincide con la salida de un hombre de la misma bodeguita y que luego se reúne con la dama. El rostro de la dama guarda otra vez el mismo reproche, ya crecido; su compañero no me mira, pero no es ajeno a lo sucedido.

Aquella pareja se va, caminando. Olvido el incidente y me llego hasta una de las carpas con su anuncio de almuerzo. Una señora, de cabello cano, me sirve un suculento almuerzo, plato que repito enseguida, mi hambre es voraz. Agrego a esta vitualla varios huevos duros que veo en una bandeja. En otra ocasión, antes de probar la comida, me hubiera dado la molestia de averiguar sobre todos los platos que expende la distinguida gourmet, lo habría hecho para escoger alguno; pero, la visión de una olla donde abunda la proteína animal, decidió de inmediato mi exigencia.

Todos mis músculo, durante el día de ayer y parte de la noche, han estado sometidos a una actividad intensa. Los músculos necesitan de proteínas para reponer su desgaste diario, aproximadamente de unos ocho gramos por cada diez kilogramos de peso corporal en condiciones normales, sin exigencias; cuando no existe esta reposición, los músculos consumen su propia masa protéica. No tengo la menor duda, que mi peso corporal en este momento es menor al que tenía antes de empezar esta aventura.

Al final de esta comelona, en la que todos mis sentidos estuvieron absortos en mis atareadas papilas gustativas, ya aparte, más allá de la carpa del almuerzo, me pongo a la faena de quitar todo el polvo de mis sufridos atuendos y mochila. Mis pantalones, casaca y sombrero de tela, del verde claro habían pasado, durante la noche en la que me expuse a todo el polvo de la vegetación espinosa que medra en las faldas del volcán, a un amarillo escuro terroso. Mis calzados, café, tienen el mismo color de mi ropa. Y, mi mochila, del impoluto negro, ha cogido un tono negro sucio.

Con mis apremios ya sosegados, y con la ropa pasablemente limpia, sin ninguna prisa, me dispuse a tomar un bus que me lleve hasta el terminal terrestre. No muy lejos de las carpas habían varios vehículos de transporte urbano, el punto donde empieza el itinerario de una flota de carros.

Coincidentemente, junto al vehículo que está a punto de partir, y al que pienso subir, pude ver a aquella pareja que cuarenta minutos antes se sintiera ofendida cuando yo quitaba el polvo de mi ropa: Son el conductor y la cobradora de pasajes del bus. Viéndome, el hombre empezó a agitar bruscamente una franela que llevaba en las manos y cada vez que limpiaba los vidrios del bus, exageraba con esta actitud de sacudir. Luego como recordándome mi actitud "hostil" de minutos atrás, la de sacudir el polvo de mi ropa, él limpiaba un polvo imaginario de su ropa.

Ese hombre en su lenguaje corporal expresaba furia. Una rabia que en su trasfondo hablaba de un sufrimiento intenso que difícilmente se puede encontrar en un individuo común. Su mirada era la expresión absoluta de hondas cuitas, de intensos dolores escondidos tras su ira.

Mantuve mi calma.

Ya el bus partió de ese improvisado terminal, y aquel hombre, desde su lugar de conductor del vehículo, sacando su cabeza por la ventanilla, lanza un escupitajo grueso y sonoro. "¡Vamos!", me dije sin sorpresa pues ya había visto actitudes parecidas en otras personas, en el pasado, "¡Creí que él ya había llegado al fondo de sus infiernos, cuando agitaba su franela! ¡Pero no, ahora él me dice, subconcientemente, que sus inframundos son mucho más hondos! ¡Cuánto dolor hay en sí! ¡Cuitas y más cuitas suyas!"

Un individuo así, qué duda hay, es alguién que ha cosechado, en exceso para sí, de todos los miedos que ha salido a sembrar, previa orden o encargo, de otros individuos. Todas aquellas herramientas que él bien conoce y que los usó y usa para causar malestares y disfunciones psicológicas en otros individuos, ahora se pone en contra suya, lo atormenta.

El uso repetido de esas formas de "castigo", ahora se vuelve en su contra y, aunque como en este caso, yo no tenga ninguna intención de causarle ninguna molestia, lo ha "programado" para sentirse afectado cuando proviene de otra persona.

Cada persona cultiva su mundo psicológico con intenciones. Un mismo acto puede estar relacionado a varias intensiones, como en el caso de este relato. Una intensión puede tener toda la inocencia de lo casual y otra puede ser parte de una forma manida de castigo a un semejante. Una, es innocua contra la persona de la que sale; y la otra, creará una herida en lo psicológico de la persona que la ejecuta. Es así de simple.

Una acción puede tener toda la intención de una bondad y esa misma acción puede tener toda la intención del daño. Cada acción crea un mundo psicológico diferente. La persistencia, en cualquiera de ellas, causa salud en unas personas y enfermedad en otras, todo depende de quién las cultive.

 
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La naturaleza, en sí, es nuestra propia naturaleza. Todo lo que vemos en nuestro entorno cercano y en el lejano, lo tenemos dentro nuestro. Sí en nuestro interior hay miedos y dolores, allá afuera, pondremos de nuestra parte destrucción y muerte. Un interior lleno de amor y cordura, entregará paz y salud.
 
Cada acontecimiento nuestro no es otra cosa que Filosofía que se escribe constantemente gracias a aquella fuerza permananente que nos empuja a actuar, fuerza a la que llamamos vida. Todo lo colocado sobre la superficie del planeta en que vivimos actúa de acuerdo a las lineas escritas desde un principio por la genial mano de la vida. Además, podemos añadir, aquí en este libro de la vida, algunos versos propios, versos que pueden fluir líbremente como el agua; allá calmará la sed o se convertirá en la atmósfera que respirarán otros seres vivos. Es posible desmenuzar estos versos, pulverizarlos en pigmentos y con ellos untar sublimes telas.
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