¿Puede, alguien, sentirse orgulloso de tener una gripe? Tener fiebre y escalofríos inoportunos; sentir una tos que quiera sacar hacia el exterior las entrañas de la persona; padecer molestosos dolores de garganta que dan intranquilidad; sufrir durante horas y días un goteo nasal pidiendo despóticamente su limpieza; tolerar dolores musculares en todo el cuerpo; soportar álgias de cabeza que quitan toda tranquilidad; angustiarse de fatiga, como si el simple hecho de mover un dedo fuera lo más trabajoso existente. ¿A quién podría gustarle todo esto?
¿Puede, alguien, sentirse orgulloso de tener un cáncer? Tener un grave problema que inicia siniestramente entre una de las trillones de células que tiene una persona; padecer la complicación celular de aquella unidad orgánica que no se repone normalmente cuando ha envejecido o se ha dañado y, por el contrario, en vez de morir entra en un proceso de supervivencia anormal y se multiplica llevando consigo todos los problemas de vejez y enfermedad que sufre; sufrir la aglutinación imparable de estas células en una masa llamada tumor; soportar la invasión de estas células anormales, que se desprenden de ese tejido anormal, a través de las vías sanguíneas y linfáticas, rumbo a otras partes del organismo para colonizarlos. ¿Deberíamos estar satisfechos por todo esto?
¿Puede, alguien, sentirse orgulloso de tener alzheimer? Tener esta aviesa forma de demencia que trastorna la capacidad cerebral de una persona de manera progresiva, y que empieza desde un simple olvido; tolerar que el pensamiento, la memoria y el lenguaje se vayan disipando en una nube de olvido; sentir la dificultad de recordar eventos recientes, olvidar los nombres de las personas amadas, de los lugares conocidos; perder el habla, olvidar el goce de la lectura, esfumarse el don de la escritura; extraviar la facultad del aseo personal; tornarse uno agresivo sin necesidad, ganar ansiedad y perderse por las cercanas calles ya hundidas en la bruma del olvido; padecer, finalmente, una inhabilitación humana total. ¿Podría darnos pábulo para una sensación de paz, algo parecido?
¿Puede, alguien, sentirse orgulloso de tener un trastorno bipolar? Tener esa forma grave de enfermedad cerebral que lleva a la persona a padecer cambios exagerados de humor; sentir una felicidad o alegría exagerada, sumadas a una energía y actividad encima de lo habitual que les impide descansar; sufrir, luego, una caída en un pozo hondo de tristeza, añadida a una debilidad y actividad muy por debajo de lo normal imposibilitándole para hacer nada; padecer alternativamente estos síntomas maníaco depresivos y otros estados de ánimo anormales que hacen un desastre de la vida personal, familiar, laboral y social de la persona. ¿Aceptaríamos de buena gana estos dolorosos eventos en nuestra vida?
¿Puede, alguien, sentirse orgulloso de tener un trastorno de la personalidad? Tener hondos problemas que no permite vivir a la persona en armonía con ella misma; padecer la dificultad de vivir en concordia con los demás; poseer pensamientos, sentimientos y comportamientos conflictivos, agresivos, furiosos, frustrantes, problemáticos, suicidas, automutilantes, sugestionables, desconfiados, obsesivos, impulsivos, rencorosos, arrogantes, insensibles, autoimportantes, antisociales, irresponsables, inestables, influenciables, mentirosos, miedosos, etcétera, etcétera, etcétera, todos ellos extremados. ¿Añoraríamos todo esto incluidos en nuestra vida de manera permanente?
Allá afuera, en el patio mío, el sol de la tarde lleva sus dardos dorados sobre la vegetación en los días del muriente otoño. Los árboles caducifolios, que plantan sus raíces en la tierra ausente de lluvias, son una fuente permanente de hojas amarillentas que los golpes de viento arrebatan de las ramas como si fueran poemas escritos para una urgente impresión y las dejan caer encima de Rafael, quién con su atuendo aleonado que la naturaleza le proveyó, descansa entre la grama.
Los ojos cerrados de Rafael parpadean y su cuerpo tiempla acosado por espasmos inofensivos del sueño. Filipo, con su desgreñada vestimenta negra y blanca, yace al lado de Rafael, algo indica que ambos comparten la misma aventura de ensueño. Solo Romeo ha optado por ponerse a la sombra, junto a mis pies, bajo mi escritorio, como una alfombra, y retoza en un lance muy distinto que sus dos compinches perrunos. Los tres “peludos” nunca descansan, durmiendo o despiertos siempre retozan. Bien para ellos.
Dejando a un lado las edénicas circunstancias de las criaturas con las que comparto muchas horas al día, ahora mi atención se dirige a la música que embarga mi habitación. Una hora atrás, escogí, de entre una lista de temas de música clásica, a Macbeth, del prolífico Verdi; y en todo este tiempo sus atributos sonoros han estado obsesionados con la sima humana.
Debo afirmar, que la vida es una ópera inmensa y cada vida personal contribuye con ella de manera inherente; cada vida comulga con todas las demás en el presente; cada vida desde el remoto pasado ha puesto su esfuerzo para la vida presente. ¿En qué momento de esta gran obra musical planetaria, llena de drama, el prurito de la enfermedad hinco las carnes en los seres vivos? ¿Qué significado tiene la enfermedad en la grandiosidad de la vida?
¿Puede, alguien, sentirse orgulloso de tener homosexualidad? Tener la atracción afectiva anormal hacia una persona de su propio sexo; sentir la atracción emocional anómala hacia otra persona de su mismo sexo; poseer la atracción sentimental disforme hacia otra persona de su mismo sexo; padecer la atracción sexual fatua por otra persona de su mismo sexo. ¿Podría vivir uno con estas disfunciones metidas dentro de su mente y su cuerpo, alejado de sus roles naturales?
Para muchas personas, el párrafo anterior, a no dudarlo, resultará controversial. Pero, realmente no hay nada, o muy poco, de controversial; nada que discutir sobre este tema, a no ser que sea para confirmarlo, porque si nos remitimos al pasado histórico de la Psiquiatría sabríamos del porqué de lo que digo.
Ubiquémonos en el año 1973. Hasta entonces la Asociación Norteamericana de Psiquiatría (APA), la institución más influyente en psiquiatría a nivel mundial, señalaba a la homosexualidad, en la primera edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DMS-I), como un trastorno en la sección de Desviaciones Sexuales.
Justo, en este año, en 1973, el consejo de administración de la APA, propuso retirar la homosexualidad de la DMS-I. ¿Los motivos de este retiro?, ninguno de ellos verdaderamente científico.
Ante la propuesta de retiro sin una razón docta, como era de esperarse, se sucedieron controvertidas discusiones entre los más de 20,000 miembros que en ese momento tenía la APA. Las decisiones que toma esta institución, normalmente no suelen ser cuestionables, pero esta vez sí que fue diferente.
Luego de las discusiones, sin llegar a un acuerdo científico sobre este tema, el consejo de administración de la APA obligó a sus miembros a votar lo propuesto. La APA, fundada en 1844, entonces con 133 años de existencia, nunca antes había tomado una actitud parecida, es decir, obligar a sus miembros a votar. Un 58%, refrendó la propuesta.
La APA, luego obligó a sus miembros a acatar los resultados de la votación.
Tras el resultado de la votación, la APA suprimió la homosexualidad de la lista de trastornos de la sección de Desviaciones Sexuales, en la segunda edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DMS-II). Desde ya, la homosexualidad, gracias a una elección, de una enfermedad mental, pasó a convertirse en una perturbación de la orientación sexual, y más tarde, después de un proceso suavizador, en “algo normal o natural”.
Como se podrá ver, no fue una decisión nacida de una investigación científica lo que originó este cambio de sacar la homosexualidad de la lista de patologías mentales, sino una decisión política, que más tarde pasó a ser aceptada por la Organización Mundial de La Salud y otras instituciones afines. No hay duda de que hubo presión de parte de algunos grupos de activistas homosexuales y activistas afines a la homosexualidad para conseguir este resultado poco ético para la ciencia. Presión en aras de un beneficio “de trato más humano” hacia los homosexuales.
Realmente la homosexualidad es un serio problema para la sociedad, específicamente para la humanidad entera y, por lo tanto, necesita de soluciones reales, no necesita de subterfugios.
Encarando directamente el problema de la homosexualidad, veríamos que la única solución real, como en todas las ramas de la medicina, es la recuperación completa del paciente.
Hoy en día, todas las soluciones utilizadas con respecto a este trastorno, las leyes, el matrimonio, la adopción de niños, el cambio de sexo quirúrgico, la hormonación, las marchas, la propaganda, en fin, por ahora complican más su problema real. El problema es tan serio que, finalmente, como toda enfermedad no tratada o mal tratada, puede contribuir con la extinción de la humanidad. He aquí un gran peligro.
Es importante, que el estado, la sociedad, las instituciones, las asociaciones, los grupos vecinales, los amigos, las familias, todos, conozcan a fondo la verdadera realidad de este problema y cooperen humanamente, con el debido respeto como todo verdadero paciente debe recibir, con la recuperación de quién padece este trastorno y no lo solapen considerándolo como “algo normal o natural”.
Es importante curar al enfermo y no esconder su verdadero problema. Estos tiempos avisoran que podemos conseguir herramientas apropiadas para investigar este síndrome con mayor profundidad y dar con la solución adecuada, cosa que se hace muy difícil o imposible si se le considera como algo “normal o natural”. |