—Quiero que me de de baja —le dije por teléfono a la dama que estaba al otro lado de la linea.
—¿Dígame el motivo por el cual quiere que le demos de baja?
—Quiero un tiempo para ponerme a hacer unos trabajos que tengo pendientes, y necesito concentrarme.
—Podemos suspender su servicio de internet fijo por dos meses y, usted, no necesitaría darse de baja.
—Yo requiero, por lo menos, de cuatro meses. A lo sumo, medio año.
—Dos meses es lo que tenemos establecido, no más.
—Entonces, deme de baja.
—Soy parte de un equipo que puede ofrecerle opciones no establecidas. Podemos supender su servicio por tres meses.
—Déjeme pensarlo.
Este dialogo sucedió hace tres meses y algunos días más. En ese momento llamé al número telefónico que tiene la empresa que me brinda servicio de internet fijo, domiciliario. Me respondieron cordialmente. La atención que me brindaron fue amable y eficiente.
Luego de reflexionar rápidamente sobre la proposición que me ofreció la asistente o asesora, como ella se llamó a sí misma, acepté. Cinco días después, como estaba previsto, me suspendieron el servicio. Con un suspiro, no por el corte, sino por la calma que ya me envolvía, apagué el router y lo desconecté de la red óptica, lo cubrí con una funda de plástico.
Me alejé de Internet y todo lo relacionado a su actividad universal. Digo que me alejé de Internet totalmente, de manera literal, si tomo en cuenta que tampoco tengo este servicio en mi teléfono móvil desde mucho tiempo atrás, es decir, desde siempre. No lo siento necesario pese a ser esta una herramienta útil que la humanidad ha urdido para estos tiempos del cuanto. No lo siento necesario en la calle o cuando viajo. Esporádicamente me conecto por Wi-Fi y solamente para enterarme de noticias nacionales, no más.
Sí, en realidad, necesitaba de un respiro, un tiempo sin interrupciones, sin perturbacions, nada que impidiera concentrame absolutamente en algunos trabajos que tengo pendientes desde hace varios años. Internet es un ámbito ámplio y absorbente; los temas científicos son mi prioridad, con su infinita variedad me solazan, ensimisman, entusiasman y me llaman por más; luego están las noticias sobre el desevolvimiento humano en el mundo, los aspectos políticos y los cruciales como las guerras; más atrás está mi interés por las redes sociales. Todo esto, hace casi imposible la dedicación absoluta que necesitaba para sacar adelante los proyectos que tenía pendientes. Proyectos, de los cuales, en estos tres meses, he completado la mitad y dejado pendiente la otra mitad, exactamente un poco menos de la mitad, para una proxíma suspensión o baja que puede presentarse dentro de los próximos cuatro meses y prolongarse hasta el próximo año.
A Internet volví tres días atrás, y ayer a mis redes sociales. El mundo no se detiene, sigue su curso inexorable, inevitable. Me entero, de que, en tres meses de ausencia mía, ha sucedido una actividad universal que francamente me ha sorprendido. Al hablar de actividad universal me refiero a los acontecimientos del Universo entero, de los cuales, resumiendo, enfoco los hechos humanos sucedidos en el grano de polvo que flota en el espacio profundo y que se nos ocurrió llamarle Tierra.
La actividad humana en esta bola inmersa en el infinito, es complejísima y variada, abarca tantos aspectos, de los cuales, resumiento, centro mi atención en la parte social: acápite también variado y complejo provisto de abundante actividad física y psicológica, como es usual. Sigo resumiendo y centro mi atención en lo sucedido en mis redes sociales.
Mis dedos bailan sobre el negro teclado al ritmo de la singularidad operística del Perseo, de Jean Baptiste Lully, compuesto en el siglo XVII. Aporreo el periférico digital bajo la atmósfera saturada de prana sinfónico nacido de sutiles instrumentos y de música brotada a torrentes de prodigiosas gargantas humanas.
El mundo es pequeño en las redes sociales y todo se sabe, todo aquello que a sus integrantes se les ocurre publicar. En los cortos tres meses de mi ausencia, algunos han conseguido nuevas amistades, mientras que otros han perdido amigos; algunos se han enamorado y otros se han desenamorado; algunos se han comprometido y otros han roto su compromiso; algunos se han casado y otros se han divorsiado; algunos han traído al mundo un nuevo individuo y otros lo han visto partir; algunos han triunfado y otros han fracasado; en fin, tantos otros hechos y consecuencias que hacen la vida de momento en momento.
Al volver a mis redes, me he solazado con las imágenes publicadas por chicas bonitas e inteligentes. La belleza de la mujer es un atributo maravilloso, su forma física, sus ojos, su boca, su alegría, su energía, su talento, sus ocurrencias, todo de ella... No, estos conceptos no van para nadie de ellas en específico, no es un galanteo, sería de mi parte una irresponsabilidad supina, pues entre ellas podría haber personas inmersas en una relación de pareja y soy de los individuos que tienen un respeto absoluto por los integrantes que están en una relación de pareja, claro está, siempre hablo de hombre y mujer. Soy un semejante que desea sinceramente la bonanza de las parejas, la dicha absoluta. Es más, no importuno la vida de las parejas, su relación no es noticia para mí, no es literatura, no es película, carese de interés, no la busco, la obvio, es suya.
Y, hablando sobre una relación de pareja, debo decir que es una etapa importante en la vida de dos personas. Para afianzar este concepto, afirmo enfáticamente que hay tres aspectos fundamentales en la vida de cada persona, tres cosas trascendentes que se suceden de manera casi automática y estos son, el nacimiento, el matrimonio y la muerte. Son hechos de trascendencia absoluta, hechos definitivos en el que el individuo es un esclavo de las circunstancias, de las consecuencias y los recibe sin proponérselo, involuntáriamente; se sucede de manera casi automática, aureolada por circunstancias impredecibles, auspiciada por azares incontrolables.
Por eso se dice que, nacimiento, matrimonio y muerte, vienen de lo alto.
¿Por qué no podemos controlar estos tres aspectos fundamentales si somos nosotros los que los vivimos? ¿Es posible tener un control de ellos? La vida es maravillosa si la conocemos a profundidad, sus misteriosas entrañas ofrece remedios y remedios y muy pocos se atreven a desentrañarlos, a reflexionar sobre ellos y adoptarlos para sí. Las respuestas están dentro nuestro. ¿Cuánto conocemos de nuestra propia psíquis?
El Perseo de Baptiste Lully, prosigue, es un remolino cuántico rotando repetidas veces...
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