En el patio mío, la vegetación empieza a tomar el color de la vitalidad, exhala el delicado perfume de la clorofila que la brisa trae hasta mi habitación. La lluvia de la noche pasada, y aquellas otras lluvias que las precedieron, ha humedecido la tierra tanto que toda raíz se nutre de ese amor.
El sol, ocupa el centro del día y del cielo, es el amor nutriendo a todos los demás amores del verdor que se va imponiendo al color terroso de la leña invernal.
Hay redención de la vida cuando toda semilla, al unisono, va rompiendo aquella cutícula que la mantuvo viva y durmiendo en su entraña. La cruel frialdad y la tenaz sequedad del invierno ponen una vez más en evidencia la resiliencia del amor.
La redención de la vida es un tema muy amplio que abarca todas las ciencias y se extiende por los confines del Universo. Es el fuego que nutre el corazón de la existencia. Es el reinicio, el nacimiento, la vuelta al origen del Orden, es la Navidad.
La Rapsodia Hungara II, del magnífico Liszt, es el marco sonoro de este momento en el que mis inquietos dedos bailan sobre el negro teclado que descansa delante mío, sobre la mesa de recia madera y metal. La sinfonía nace de una orquesta de pajarillos que la conífera del patio ha hecho nacer entre sus ramas. Dentro de esta atmósfera sonora, cerca a la puerta, el buen Filipo dormita a pierna suelta sobre la grama, cuya fronda ha crecido lo suficiente como para cubrirlo por completo. Entre tanto, Romeo, bajo el dintel de la puerta, es una esfinge oteando el aire; su negra nariz húmeda se mueve buscando la esencia odorífica del negro pajarraco que suele lanzarle bromas intencionales, a él y a su compañero canino de aventuras hogareñas. El córvido en mensión, es ducho en el menester de tomarles el pelo. El canto de esta traviesa ave, por el momento, no interactúa con el de los demás.
La fuerza renovadora de la redención de la vida se hace presente cada vez que algo envejece. La poderosa esencia renovadora de este potente fuego se hace presente para volverlo a su estado inicial. Sucede en las criaturas vegetales, sucede con las criaturas animales. Sucede en la Naturaleza entera.
El extremo de la célula es la criatura pluricelular. Y el extremo de la criatura pluricelular es la especie. El extremo de la especie es la bíodiversidad. Y el extremo de la biodiversidad es la búsqueda del hombre y su tránsito a una especie superior todavía. En todo este tránsito ha estado presente la redención de la vida. Muere lo simple y nace lo mejorado.
En los homínidos, en su aspecto físico, las transformaciones redentoras lo llevaron a transitar de su aspecto más primitivo, hasta el más avanzado. Desde el Australopithecus hasta el Homo sapiens. La semilla simple se desarrolla hasta convertirse en otra semilla más compleja, todos sus pasos están diseñados en su genoma, un espacio de ácidos nucléicos mutables.
En el aspecto psíquico de los homínidos, tambien ha habido una transformación renovadora de lo simple a lo complejo. Su ADN controla sus características emotivas y ha mutado constantemente en este trayecto. Algunas de estas características les da un comportamiento general y otras les entrega singularidades que pueden ser activadas o desactivadas de manera voluntaria. Dentro de estas últimas, están las singularidades de lo que se considera qué está bien y qué está mal. Lo moral.
A un paso por encima de estas singularidades de bien y mal, que actúan en concordancia con el entorno y son influenciadas, está la transformación voluntaria de los elementos de la psíquis. La transformación de aquellos elementos que causan discordia propia y ajena por aquellos de armonía y equilibrio, son parte de una Navidad trascendente.
El objetivo de una verdadera transformación interna es grandioso, pues irrumpe a través de una puerta que conduce a aspectos trascendentes que están muy por encima de lo psíquico.
Esta redención, por encima de lo psiquico, estando presente en la intimidad humana, ha permitido que las antiguas civilizaciones tengan su propia Navidad. Una Navidad con los mismo atributos esenciales de renovación, pero con visibles diferencias externas. La Navidad no es un invento de alguna latitud humana, y siendo así, ni las distancias ni las fronteras naturales son limitantes para su fuego renovador. No es extraño la eliminación de los elementos discordantes en las antiguas civilizaciones, la fuerza que los impulsa late en la profundidades de la naturaleza humana, y tanto en Europa, como en Asia, África y América, sin esta fuerza regenerante jamás hubieran llegado a ser lo que fueron.
La busqueda de la armonía con el entorno no es la exclusividad de alguna civilización, es propia de todas.
Navidad es un acontecimiento Universal. Donde haya una redención física y psíquica, hay una Navidad.
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