Afuera hace un sol magnífico. El olor de las flores y de la vegetación silvestre llega hasta aquí con toda su intensidad y la suave brisa la distribuye con la armonía de La Primavera de “Las Cuatro Estaciones” del genial Antonio Vivaldi. La puerta abierta de mi agradable habitación, es un pasaje definitivamente abierto a esta maravilla de la Naturaleza.
Lástima que en este momento no tenga a la mano una lente macro, pues he visto en el patio, entre la grama natural que hay aquí, unas magníficas florecillas. Tomaría, en imágenes, la música primaveral que en la mayoría de los casos pasa inadvertida a los ojos.
También, hay aquí, entre esta música, algunas especies de diminutos artrópodos coloreados caminando sobre los verdes tallos con la diligencia armoniosa de la vida. Tengo en delante mío, allá afuera, varios centenares de especies vegetales y de artrópodos del millón 729 mil que existen, aproximadamente en el mundo, incluyendo a los mamífero, claro está.
El simple número que hay en el patio, me invita a evocarlos de manera completa, a todas las especies, sin ninguna diferencia taxonómica, la imaginación humana es portentosa. La música puede hacerlo. El color puede hacerlo. También el aroma o el poema. ¡Ah!, me olvidaba, también no es óbice para la danza
La naturaleza en sí es maravillosa y su trascendencia, en las múltiples criaturas que ha traído a la vida, me lleva por el camino de una introversión agradable y serena. Mis ojos se adentran en los terrenos de los misterios de la vida y los convierte en serenos pálpitos de corazón.
En un lugar sombreado descansa Rafy, el magnífico Rafaél. Por el momento, todas sus travesuras de cánido hogareño han pasado a formar parte de sus sueños y solamente los manifiesta con movimientos oculares y alguno que otro movimiento corporal involuntario. Su pelaje acaramelado luce fragmentos de yerba verde, producto de un revolcón que yo no he visto.
Precisamente ahora, una enorme abeja atraviesa el dintel de la puerta y su zumbido rima de manera singular con el tema de Vivaldi. Sus colores brillantes y su cuerpo cubierto por una armadura negra y segmentada, me hacen evocarla a lo largo de toda la historia de la vida sobre el planeta que llamamos Tierra. Este rápido viaje me lleva al pasado, de hace cien millones de años, y allí puedo ver a sus abuelas, zumbando entre la floresta primitiva, saltando de una flor a otra flor ya extintas.
Esta abeja no es una especie melífera, pero al igual que esta otra, desde cuando nuestro planeta era muy jóven, su utilidad es imprescindible para la vida del planeta.
El himenóptero, da una vuelta completa por toda la habitación, poniendo énfasis en algunos rincones, y luego, saliendo por el mismo lugar que entró, desaparece de mi vista. Todos sus sentidos buscaban un lugar para asentar una nueva colmena, no lo encontró aquí. Es una de las varias exploradoras de su colonia.
¡Ah, la naturaleza! Es inefable, es exacta. ¡Maravillosa! Me exalta el considerarme entre sus criaturas... Soy una más de sus criaturas. |