Había yo viajado todo el día, y ya los arreboles imponían sus colores carmín sobre el cielo y el desértico panorama que me envolvía. Todas las cosas que venían junto con la carretera absorbían esos colores con la fruición del sediento.
Vitor, era entonces un diminuto villorrio y era una de las tantas cosas que venían junto con la carretera en la inmensidad del secano costeño. Sus rústicas casas, rodeaban un reducido grupo de construcciones modernas.
Dejé la cinta de asfalto. Después de algunos minutos de rodar sobre una calle polvorienta, me apeaba junto a una posada aldeana, la mejor que pude encontrar en aquel momento. Corría entonces el mes de abril del 88.
Ya los colores sanguíneos del ambiente otoñal, habían sido sorbidos por las fauces nocturnas.
Acomodé mi vehículo de transporte de dos ruedas en una esquina de la pequeña habitación con techo de estera que me ofreció amablemente la dependienta. Tiré, en otro rincón, los indispensables enseres que yo llevaba para una travesía rápida, y salí casi volando del pequeño compartimiento, rumbo al río que prácticamente estaba a un costado del hospedaje.
Dos días antes yo había salido de Puno, una localidad enclavada a orillas del lago Titicaca, rodando sobre las dos ruedas de una bicicleta. Mi objetivo era Lima, la capital del Perú, a 1,300 kilómetros de distancia. Tenía decidido recorrer aquellos kilómetros por carretera, en su mayor parte asfaltada, pedaleando, en el menor tiempo posible, pues me sentía preparado para tal "hazaña".
Dos noches atrás me sorprendí en plena montaña, en un paraje inhóspito ubicado por encima de los 5,000 metros s.n.m. Luego de alejarme un poco de la carretera, me metí en un escondido desnivel del terreno rocoso y terroso de la serranía. Una enorme piedra sirvió de apoyo para mi sufrido vehículo de delgadas ruedas. Me abrigé con todo lo que tenía, y me dispuse a pasar la noche. Estaba agotado tras intenso pedalear y caminar. Necesitaba dormir.
En las horas siguientes, el intenso frío congeló totalmente el agua del recipiente adherido al chasis del liviano vehículo. ¡Tenía una piedra metida en la cantimplora! El mes de marzo ya había desechado una gran parte de sus días y aún no era el mes más frío del año.
La oscuridad lo embargaba todo. El cielo, allá arriba, con sus incontables destellos irradiaba delicadamente mis esporádicos sueños no profundos. Estaba en terrenos desconocidos, llegué hasta ese punto cuando ya la noche era muy avanzada, imposible tener una idea cabal del entorno y no podía hundirme totalmente en los sueños, una alarma interna me mantenía en esta condición.
En ese momento de la noche, a esa hora, yo debía estar en otro lugar. Debía haber encontrado un lugar más seguro, mucho más cálido, a muchos kilómetros más adelante, pero un desperfecto en una de las llantas, específicamente en el neumático delantero de la bici, descontroló mis planes. Un parche mal colocado, permitió un escape lento de aire. ¡La tragedia!
Este desperfecto estuvo previsto por mí, pero minimizado por mi euforia aventurera se hizo presente inoportunamente en la vasta pampa para retrasarme por varias horas. Yo llevaba parches y pegamento de neumático, pero no un inflador. ¡Un momento! Y, ¿porqué no un inflador, siendo este un elemento indispensable, necesarísimo, para un viaje de tal envergadura? Bueno, creo que hay zonas muy oscuras en mi psíquis, tan negras estas, que buscan añadir dificultades dementes a las ya situaciones extremas...
Tuve que hacer a pie la última parte del trayecto del día, una larga subida con curvas pedregosas y polvorientas, hasta el desnivel donde pasé la noche. De allí muy temprano me levanté y continué mi marcha también caminando, empujando la birrueda; la idea era llegar hasta un lugar habitado donde yo pudiera hacerme de un inflador, el implemento que creí prescindible.
La carretera, de problemática, para el neumático dañado pero no totalmente desinflado, ahora se tornaba lisa, aunque terrosa, pero apropiada para avanzar subido sobre el sillín. Con la rapidez apropiada que me permitía el momento, cuidando de no hundir demasiado la llanta, llegué hasta una choza, el único refugio en muchos kilómetros a la redonda donde sus amables habitantes, una pareja y su pequeño crio, me recibieron y alimentaron con un suculento desayuno reparador. Entre el rústico menaje de ese cálido hogar, no pude encontrar el urgente inflador.
Luego de haber yo depositado algunas monedas en la mano laboriosa de mi amable hospedero me despedí. A la halagüeña circunstancia, se sumó aquella otra que vino cuando minutos depués un pesado volquete cargado de materiales de construcción y algunas personas en su tolva, se detuvo a instancias mías y me ofreció una manguerilla de aire que estaba conectaba a la compresora del motor del pesado vehículo. Así inflé la, cada vez, flácida llanta delantera.
Con el ánimo renovado, monté decididamente y rapidamente, como un caballo libre de sus reatas, en las siguientes dos horas, antes del mediodía, llegué a la ciudad de Moquegua, el objetivo que debí alcanzar ayer en los inicios de la noche.
Esa tarde y al día siguiente, reposé en Moquegua. Descansé mis esforzados músculos. Me lo tenía bien merecido.
La carretera que me llevó a Moquegua, era tranquila, poco transitada, eso sí polvorienta y empinada. Después de Moquegua, vino una carretera asfaltada, muy concurrida por vehículos enormes que levantaban de la negra cinta de la carretera una nube indefinible de polvo químico. Toda carretera en la agreste orografía de esta parte de los Andes, es un compendio de curvas, infinidad de desniveles, llanos, subidas y bajadas, y la que me llevaba no era diferente.
El enorme resoplido de los motores me obsequiaba un aliento de caliente hollín cada vez que un camión pasaba a escasos centímetros, rosando mi costado izquierdo. Entretanto el intenso sol convertía el asfalto en una sartén que me freía vivo. En suma, la atmósfera era un horno encendido que sacaba, del infinito número de mis glándulas sudoríparas, todas las sales de mi organismo, sales que podía sentirlas con la lengua con solo pasarla sobre los labios.
Ya en Vitor, en el hospedaje no había ducha, y era lo que más necesitaba en ese momento. Urgía, agua fría sobre mi piel. Urgía agua sobre mis lomos afiebrados. Me sentía inmundo y sudoroso.
Vitor, es un lugar cálido en la costa peruana, a 341 km de mi partida. Para mi suerte, fue construído a orillas de un río, cuyas frescas aguas me llamaban como a un náufrago en alta mar, aguas que mi sediento cuerpo necesitaban más que con urgencia. Aguas a las que, saliendo de la posada con la velocidad del rayo, me llegue y metí como un chispeante tizón. ¡Ah, delicia extrema! ¡Nada comparable!
Estando en esto, gozando de las paradisíacas sensaciones del agua, por entre el juncal que penetra dentro del río, oí un chapoteo. Pensé que ese ruido lo hacía otra persona que había tenido la misma idea que yo y también se refrescaba, pero no, realmente esa persona, no tenía la misma necesidad que mi persona, y sutilmente pude notar que se había metido al agua por otra razón. "¡Oh!", me dije. "La presencia permanente de hombres encubiertos sea de militares y policías, o sus afines, es evidente. Unos, están tras mío para confirmar algo que suponen saben de mí y, otros, para refutarlo".
Empecé a bracear en una parte honda y le dije a aquel hombre: "¿Puedes nadar? Y él me respondió con un chapoteo ilógico. No sabía nadar.
Salí del agua totalmente aliviado, refrescado, como nuevo. Y la sensación de malestar que tenía, prácticamente en todos mis músculos, setecientos voluntarios y trescientos involuntarios, más o menos, había desaparecido como por encanto. El agua con sus masajes tibios me brindó sus maravillosas bondades resucitadoras. Me dirigí a mi habitación y aquel hombre se fue dentro de las sombras. Imagino que, mientras me encontraba gozando de las delicias brindadas por las ninfas fluviales, alguna otra persona anónima como la que acaba de irse, revisaba clandestinamente mis bártulos.
Al día siguiente, después de una reparadora noche, descubrí con sorpresa que todo mi cuerpo tenía un color sonrosado. ¡Los billones de mosquitos que viven en el río, cosa que no pude ver en la oscuridad de la noche, se empacharon a costa mía hasta no poder! |