 |
BURÓ DE POEMA |
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FÁBULAS ABISALES |
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1.- AURORA POLAR |
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2.- SOBRE EL VIENTO |
La noche se derretía como el plomo sobre el fuego;
y yo caminaba sobre un gran témpano de hielo.
Los cueros que me cubrían
me daban el aspecto de un oso blanco
caminando en la inmensidad del tiempo.
En mi espalda,
mi carcaj lleno de dardos
y mi arco
y mi pesada espada
tiritaban su inacción;
pero acercándome yo al combate,
calentaban friccionando rudamente
sus músculos de metal.
La estrella que guiaba mis pasos
brillaba al frente
en la proverbial noche espacial,
como el destello reflejado
en el iris de un gigantesco ojo femenino.
Hay padre,
hay madre,
y soy el hijo que los busca
entre los cubiles de las fieras del reloj.
Niño fui,
y en las manos de un ayo depositado
para aprender todo lo que es menester conocer;
y ahora vuelvo a casa
teniendo en frente la verdadera prueba
que no se enseña en un gimnasio.
El ruido del reloj es el de mi marcha;
suena como una tormenta de nieve,
remolineando permanentemente,
hundiéndose como una catarata
de segundos, minutos y horas de cuarzo
en un abismo sin fondo.
¡Ah, acaba de encenderse el cielo
con ráfagas de color!
Ya era tiempo,
pues me faltaba la luz necesaria
para divisar mi camino.
Y allí,
al fondo,
se divisa un majestuoso castillo,
rodeado de terribles bestias
nacidas del reloj de arena
que acompasa mi marcha.
La música flamea, es un torbellino devorando todas las miradas.
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Una flor de fuego flota sobre la brisa matutina,
sus llameantes alas
la levantan por los cielos violáceos
del hiperespacio.
Hoy,
he vuelto al centro de la Tierra,
a aquellos lugares,
que en la dimensión física,
es una masa sólida llena de fuego.
Un puente se levanta en frente mío;
un camino abierto en uno de sus hondos valles
me ha llevado hasta él,
y me dispongo a cruzarlo.
Una hora atrás he dejado a mi zaino
pastando sobre una alfombra de encendida grama,
sus dientes,
unas incandescentes piezas de metal licuado,
en su cabeza de negra antimateria,
arrancaban la flameante hierba con agrado de buen/ comensal.
Más allá del puente,
debajo del cual se escurre un río de metal licuado,
hay un bosque
donde cada árbol es un luengo geiser de fuego sólido
que se levanta hacia lo alto,
es una llamarada detenida en el tiempo
que brota con la intensidad de una erupción volcánica.
El camino continúa en medio de este bosque.
Algunas aves,
con sus cuerpos de metal incandescente
y alas de ondulante fuego,
se levantan a mi paso
para posarse sobre las ramas llameantes
de una titánica secuoya roja.
Un árbol
en medio de este bosque
ha sido la razón por la que vine hasta aquí,
sus exóticas flores exhalan alientos genesíacos.
Mis pulmones de antimateria
añoran aspirar esos aromas.
Mi garganta de antimateria,
transmutará esos perfumes,
la convertirá en materia del Big Bang.
Una flor cuelga del árbol de en medio del bosque,
me acerco a ella,
aspiro su aroma.
La flor,
ya madura,
mueve sus llameantes pétalos,
se levanta por los aires,
toma altura,
y enfila en la dirección rutinaria.
Aromas en la brisa. El vuelo del aroma. |
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3.- PÉNDULO |
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4.- ACANTILADO |
Era lóbrega la circunstancia;
tal vez sucedía en la tarde,
o tal vez en la noche,
o tal vez en la mañana,
pero advenía.
La psicosis pintaba un gran madero
al que se aferraban un sinnúmero de manos;
era un gigantesco remo,
al que toda mano daba su vigor sudoroso
cinglando siempre.
Los brazos cargaban el gran palo
en ello les iba la vida,
sin descanso,
sin tiempo para nada más que acarrear.
En el piso lleno de barro,
los pies desnudos,
daban pasos lentos y esforzados,
caminando siempre hacia adelante,
Los hombros y las espaldas llenas de cicatrices
que la mugre maquillaba;
un látigo había escrito en esos lomos
todos los pesares habidos y por haber.
Los taparrabos guardaban el secreto
de la hediondez,
no del lodo,
no de los sudores,
no de los intestinos,
sí de los crímenes contra sus propias entrañas.
Los rostros sin vida
tenían castradas las miradas
y mutilados los oídos;
extirpadas las lenguas
y extintos los olfatos.
¿Cómo podían saber ellos
que hacían girar las muelas de un molino,
que con cada vuelta los acercaba más y más
hacia el tétrico eje?
Siempre había alguien más que se unía
a la labor diaria de mover las muelas
remplazando al mazacote de carne que se fue.
Encima del eje,
muy por encima de la solera y la volandera,
sobre la montaña,
estaba el capataz,
con el látigo de la guadaña.
Las horas penden de las ramas del día. Es audible su tic tac. Un día no tiene las horas que tiene, tiene las horas que la relatividad le entrega.
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Las manos desnudas mías
aferradas a la piedra del abismo,
mientras allá abajo explotan las olas
de un mar tan viejo como la sangre
de los que la habitan.
El heraldo habló,
dijo muchas cosas con su lengua dantesca.
Vino de parte de aquel que vive dentro de la noche,
para el cual todo ojo humano es ciego.
Hoy me tocó escalar la roca del precipicio,
construyendo una escalera donde no la hay.
Resbaloso el trayecto,
húmedo por la lluvia,
el mejor momento para la sorpresa.
El mensajero trajo un quipu;
que se aferró como un pulpo
cuando lo arrojó en mis manos.
Lanzó una carcajada
y desapareció tal como había venido.
No hay momento para el cansancio,
menos para pestañear.
Abajo mío,
la horrorosa boca del mar,
con sus afilados dientes,
ya saborea mis carnes.
El emisario no había abierto la carta,
estaba lacrada con el rugido de una bestia.
¡Ah! Si él supiera lo que trajo,
¡moriría de espanto!
La noche es tan oscura como el miedo,
solo mis corazonadas abren la senda vertical
entre las romas aristas.
¡Arriba, siempre más arriba!
El enviado había transportado la misiva
con su sangre,
sus heridas hacían más luctuosa
la lectura de los nudos,
sus sufrimientos gritaban más que el mensaje;
la enfermedad suya crecía con cada paso que lo traía.
Todo abismo tiene un final,
hacia abajo o hacia arriba.
Mi trayectoria es hacia abajo,
la vía más difícil,
hacia el cubil del autor de cada lomo abatido,
el que hace que la salud envejezca.
Allí podré cazarlo.
La fragilidad suele deslizarse sobre una suave brisa de runrunes motorizados.
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5.- PLACENTA |
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6.- DOMO |
Un hombre sentado en un poyo,
bebía la linfa que salía de la tierra.
Un león a su lado dormitaba,
y una serpiente descansaba en su morral.
Me llegué a la fuente de la que bebía,
agua para la cual todavía no se inventó un cántaro,
allí había.
Libé lo que la sed me permitió,
no con las manos,
sí como una fiera,
como una simple paloma,
como una abeja,
como una ameba.
«Soy Gilgamesh», me dijo.
«¿El rey de Uruk?», le pregunto a mi vez.
«
Sí», me responde.
Le miro en silencio,
sus ojos filosóficos también me miran;
su cuerpo hecho para la guerra
hoy descansa;
su mente briosa
hoy está en paz.
«¿Qué haces tan lejos de la inmortalidad?», le pregunto.
«Me sentí cansado.
Salí a dar una vuelta por la mortalidad,
solo un momento», me responde.
La voz del rey sumerio
es como el gañido de la fuerza,
un terremoto contenido,
la piedra líquida erupcionada del volcán,
el lomo que tira las cadenas de los continentes.
«Creo, reconocerte», me dice.
«No lo dudo», le respondo.
«
¡Eres Ziusudra! ¡El mismo Ziusudra!», grita.
El rey, ya luego calmado me regaña:
«La mortalidad,
me da cuna,
me da madurez,
y me da muerte.
¡Me mata!
¡Es mi ambrosía!»
Y el rey concluye:
«¡Lo que no soporto es el tedio!
¡Quiero, que me quites el tedio!,
¡es peor que la inmortalidad!»
El tiempo y sus caminos. Unos empiezan, algunos continúan, y otros terminan.
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El cielo no es lo que está arriba,
no lo fue,
no lo será.
No se necesita escalar alturas
para llegar a él.
Está en los abismos de las honduras,
lo es,
lo será.
En este extenso territorio,
de un libro que nadie lee,
junto a un lago de aguas no azules,
sí negro por su profundidad,
sí tempestuoso por sus modales,
sí desalmado por sus metas hostiles,
me llego hasta una barca frágil.
A bogar me pongo.
El viento canta como sirena abisal,
e inflaría las velas si tuviera mi nao;
no las lleva.
Me bastan mi vigor y mi decisión:
un remo de dos aletas.
Mariposas vienen,
los ojos no las ven,
porque sus alas son negras
como la noche más oscura.
Aletean estas alas,
sin escamas,
sin plumas;
con piel.
Los lepidópteros oscuros,
pasan volando por encima de mi bajel
como las horas de insomnio.
El cielo está lleno de ellos.
Estigia se llama este lago,
y en su centro hay algo... que busco.
Y lo que busco es una simple piedra,
hundida allende las tinieblas.
Llueve en el trayecto.
Las gotas de metal derretido por el calor del helor,
se acumulan en esta hoya siniestra
¡Las aguas del lago, son de metal derretido!
De sus profundidades,
todos los filósofos dicen lo que deben de decir;
y solo para algunos el lago es de plomo,
el metal que todo alquimista ama,
porque sabe que es el barro de toda luminaria áurea.
Mil veces desenvainé la espada,
para llegar a la piedra oscura,
y ya la tengo en delante mío,
pero... ¡no la veo!
¡Es la misma ceguera donde inicia todo Génesis!
Levanto la piedra con una mano
y con la otra la limpio.
¡Cuánta mugre!
Capa sobre capa de sedimento petrificado
cae a mis pies.
Al fin, ¡Fiat Lux!
La realidad de la realidad en un manantial. Un sorbo de esa agua sobre el cuenco de unas manos, en un día caluroso.
Para alguna persona, ese sorbo, es para llenar su ansiosa pluma... de tinta.
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7.- TREN |
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8.- NITRÓGENO |
Chirría la senda con todo el peso de la carga.
Los dramas con su gente,
buscan la comedia,
mientras rueda el mundo sobre su carril.
El vigor del carbón en sus entrañas de fuego
rota las extremidades de metal
en la ancha explanada de los días;
la negra chimenea humea edades humanas consumidas, en el cielo.
El cien pies rodante ha sido colocado,
luengo tiempo ha,
en su riel,
previa deliberación no tuya, no humana;
y va rauda no en la voluntad tuya, sí humana.
Estaciones hay en el camino,
no del camino sí del tiempo,
en la primavera,
el verano,
el otoño,
y el invierno, no del año, de la infinitud.
El hilo del tren avanza puntada a puntada,
ante la mirada
de los «deliberadores» y la de su desdén.
Los dramas de los pasajeros
son los mismos que tienen todos,
una copia fiel de hormigas en su hilera geográfica
rumbo a la lontananza.
Sí lontananza,
esa prenda geográfica que importa por hoy,
y cuando vieja será desechada.
¿Ignorar al tren? ¡Qué va! ¡No es posible!
Eres parte del drama y buscas la comedia.
Estás allí porque eres imprescindible
con tu sonrisa y tu melancolía que atiza las bielas.
Los «deliberadores» saben lo que hacen.
¿Si supieras que es un sueño?
Una escena, dos escenas, tres escenas, cuatro escenas..., todas hechas puntada a puntada en una máquina de fotocopiar.
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Tengo un pie sobre el mar
y el otro pie sobre la tierra.
El mar y la tierra son una inmensidad desolada,
todos sus caminos están rotos,
todos su ríos arrastran el fuego del desastre.
El azul del mar tiene el color de la ira derramada;
y el celeste del cielo aún se quema.
Dragones con ojos de volcán incendiado
han traído en sus lomos a los devastadores,
de cuyas lenguas ha partido el: «¡Basta!»,
ese mantra capaz de ordeñar de la mente toda lucidez
y toda salud.
El color de la crueldad tienen estos dragones,
y quienes los montan llevan trompetas de guerra,
que ya sonaron mil veces con su: «¡Basta!»
La vida humana,
en las manos de estos aurigas,
es una moneda gastada,
que vale mucho o poco,
usualmente muy poco
a estas horas.
Los aletazos de las bestias son los cascos de caballo
rompiendo el pavimento
donde la hierba no crecerá más.
Son pocas bestias
pero su trote habla de estampidas inmensas.
Tembló la tierra,
tiembla aún.
y el sonido de las trompetas
no rompen más los tímpanos
de la historia efímera.
Un dragón descansa a mi costado,
es blanco, opuesto a la crueldad,
y tengo un libro en mis manos
donde está diseñado el provenir de los nuevos caminos
y el de los nuevos ríos,
el nuevo azul del mar
y el nuevo celeste del cielo.
Aquello fue la noche
y esto es el día que viene.
Un rústico telar, tejiendo con hilos vespertinos.
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9.- PRIMAVERA |
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10.- RELOJ |
El primer peldaño,
el antiguo,
con el rastro de los pies míos de miriápodo.
No lo recuerdo,
era en el cieno
que la intemperie convirtió en piedra.
Lo efímero de mis pisadas allí permanece,
en el camino de un baile de comparsa.
Peldaños después,
arriba,
la dura piel de mis ojos eclipsaba al tiempo,
rompía sus saetillas y dislocaba sus números.
Permanece,
de las excursiones,
los huesos míos en el esquisto.
Permanece,
las mordeduras en la carne del tiempo,
lo que mis dientes desgarraba.
Permanece,
la sangre hecha de relojes,
la que caía de la carne desgarrada.
Más arriba en los peldaños,
ya con mis cuatro manos sobre la rama,
yo saltaba
del tronco del día al tronco del mes,
del tronco del año al tronco de la década,
del tronco de la centuria al tronco del milenio.
Un día me caí de estos árboles.
Me dolió la caída.
Los relojes que maduraban en las ramas del tiempo
y pintaban cuatro saetas;
cayeron conmigo en derrumbe;
yo perdí dos manos,
y los relojes dos saetas;
ahora ambos somos bípedos.
¡Ay!, los relojes solo marcan un día,
por muy grande que sea este
y contenga a todos los demás relojes.
Marcan el día de hoy.
Hoy está en el atardecer,
y no hay más peldaños arriba.
Hoy sí hay peldaños abajo,
sin tictaques pero con péndulos
que mecen la tierra con su sonido invernal.
La savia siempre es verde...; aunque, tal ves,
la haya de otros colores. |
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He tomado con las manos,
círculos y triángulos,
cuadrados y rectángulos,
hexágonos y demás polígonos.
Con ellas hice barro,
las amasé.
Esculpí el barro,
hice esferas y conos,
dados y barras,
cilindros y demás figuras volumétricas.
Con ellas hice una jalea incandescente,
las amasé.
Inyecté este magma,
en el molde de microbios y plantas,
insectos y reptiles,
aves y algunos mamíferos.
Con ellas hice fórmulas humanas,
las amasé.
Tomé esta prescripción,
y la insuflé en prosimios y antropoides,
monos y homínidos,
hombres y sus descendientes.
Con ellos hice un alma,
la amasé.
Tomé esta chispa,
y la coloqué en el estaño y plomo,
dentro del cobre y mercurio e hierro,
en las entrañas de la plata y el oro.
Con ellos hice una estrella,
la amasé.
Tomé este astro,
y lo coloqué en todas las dimensiones
del espacio profundo.
Allí brilla.
Un camino abierto en el tiempo. Un camino que orbita alrededor del día y de la noche. Va de menos a más, y de más a menos. De la nada al todo y del todo a la nada. ¿Es posible romper esta senda? ¡Todo es posible!
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11.- TILDE |
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12.- FUEGO |
He caminado por esa vía
donde ojos miran los pasos de los viandantes.
No son ojos cualesquiera estos,
son ojos mitológicos.
La intensa mirada de estos ojos,
en los rostros tan venerables de los que los poseen,
dioses estos,
escrutan las honduras de todos los secretos.
La verdad,
es uno de estos dioses
con su ropaje vaporoso
de dimensiones reales como el día;
permanece a la vera del camino
La mentira.
tan igual,
en el otro lado del camino,
con un traje tenue pero nocturno,
de pie ausculta los mismos pasos del caminante.
Llamemos luz a la verdad
y llamemos oscuridad a la mentira,
pero ¿da los mismo nombrar día a la luz
y noche a la oscuridad?
Cabalgando avancé por esa vía,
a pie lo hice alguna vez,
rápido o lento.
Había un lugar
donde ojos mitológicos no había,
ni intensas miradas,
ni escrutadoras de secretos,
ni verdad ni mentira,
ni luz ni oscuridad,
ni día ni noche.
Espantaba el lugar,
la fobia más dolorosa llenaba ese vacío
y se metía en el andariego hasta la locura.
En este camino nadie iba más allá,
en él acababan todos los planes y las ilusiones,
terminaban los nacimientos y las muertes.
Espoleé a mi cabalgadura cuando esta retrocedía,
espantada se volvía al pasado,
huía de la locura,
le agradaba lo que conocía,
sus dehesas,
su trajín.
Cerré sus ojos,
abrí los míos.
Llegué hasta el lugar de la fobia,
donde la nada imperaba
y donde el vacío tenía su sustento.
Y ahora,
en la vera del camino,
mis ojos exploran los pasos de los peatones,
desde el lugar donde la locura existía.
Un camino abierto en la espesura, a machete limpio.
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La primera charca donde nace el mundo,
es la palabra que usando manos
empieza a deshilar los ríos
y a extenderlos hacia lontananza.
Cada río usa una barca
llevando en su despensa un diminuto «¡Hágase la luz!»
En ese momento cada puerto no existe,
es un caos,
y todo lo que lo rodea es un negro vacío,
lo óptimo para plantar un faro de la pequeña luz.
El negro vacío,
sin estrellas,
sin caminos,
es la vida que aún no inicia
pero los surcos están abiertos
y la necesaria luz es el agua que ha de beber.
¡Qué tiempos esos,
en que toda labor era la de horadar la roca de la vida
y su punto germinal aún estaba muy lejos!
La oscura cueva de la razón humana
se desgarraba a golpes de luz,
no de una luz que se veía,
sino de una luz que activaba el tropismo de su/ búsqueda.
Todo ojo, aún ciego,
podía palpar la escalinata de la vida,
la escalinata que subía,
peldaño a peldaño,
hasta la cima...
¿La cima de qué?
Era cuerdo argüir entonces,
que cima o sima es lo mismo.
No hay camino sin una luz,
solo el tropismo que guía y los pies que suben
la grada no del tiempo.
¿Cuántos peldaños?,
no lo sé, solo subir y subir.
Pero, hay una razón para todo
y la vida es.
Muchos pies desisten en medio de la escalera
que no lleva a ningún lugar en definitiva,
y medran allí sin definitiva.
Y, el tropismo que los guió, ¿dónde quedó?
¿Sueñas acaso todavía?,
entonces no despertaste.
Dos ojos, abiertos en la penumbra.
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13.- MUCHEDUMBRE |
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14.- INVISIBLE |
Atravesé un vestíbulo inmenso,
en cuyo final se abrían dos puertas.
En este trayecto,
mis pasos hacían un ruido erosivo.
En el dintel de una de las puertas había un reloj
cuyas manecillas rotaba hacia la izquierda;
en el dintel del otro,
el reloj giraba hacia la derecha.
Ambas puertas conducían al futuro,
y había que decidir por cual de ellos avanzar.
Me dije:
«El de la derecha,
es lo conocido,
lo presumible,
porque todos vamos en esa dirección.
En ese compartimiento está el origen de las cosas,
su evolución y su extinción.»
Esta opción tan cómoda,
no me estimulaba,
así que me dirigí hacia la puerta de la izquierda;
sus saetillas siniestras
seguían su curso indetenible hacia la izquierda
en esa locura de veinticuatro horas
repitiéndose siempre,
¿a quién se le ocurrió enjaular al tiempo
en la pequeñez del dintel?
De un salto me colé en su interior.
Caminando me llegué hasta un balcón,
desde donde se veía un mundo en actividad;
allá abajo,
miles de hombres y mujeres,
desnudos hasta el alma,
empujaban tres inmensos maderos con las manos.
El látigo se ensañaba en cada espalda,
los pedriscos herían las plantas de los pies,
y las lijosas palas reventaban la piel de las manos.
Ese máximo dolor,
me llamó a interceder por los miserables,
y me acerqué al mayoral del antro,
a quién le dije: «¿Es posible detener las palas?»
Me respondió: «¡Es imposible!»
A mi vez le pregunté: «¿Lo ordena tu amo?»
A su vez me dijo: «¡Ellos mismos, son mis amos!»
Las muelas del molino,
que los maderos hacían rotar,
molían relojes.
«¡Qué va!», me dijo el capataz,
«¡Al otro lado,
en el lado de la derecha,
las palas hacen girar el reloj del dintel!
¡En este lado, también!»
El tiempo descansa, en unas entrañas de cuarzo. ¡Si lo vieras navegar!
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Arrancaron mis ideas con un hierro candente
y las depositaron en un frasco.
Extrajeron mis sentimientos con un afilado hierro
y los dejaron caer en otro frasco.
Tiraron de mis emociones con rudas pinzas
y los arrojaron en un nuevo frasco.
Ya nada quedaba de mí bajo el sol y la noche,
solo mi cuerpo para ser embalsamado.
Algo mío,
más tenue que las ideas,
más sutil aún que los sentimientos,
más etéreo que las emociones,
que había salido de mi dura materia,
caminando se llegó hasta un estrado
vigilado por espantosos canes.
En este lugar,
había una gran balanza;
y a su lado una dama vestida con tenues sedas.
Subí unas gradas.
Me acerqué a la balanza y a su guardiana.
¡Terrible esa báscula;
como los propios infiernos!
¡El espejo en el que nadie se ha mirado!
Mirándome la guardiana con ojos de paraíso,
tomó uno de los frascos,
el de mis ideas,
y lo colocó en uno de los platos de la balanza;
ese cuenco se hundió.
Sus manos de Edén tomaron otro frasco,
el de mis sentimientos,
y también los dejó caer en el mismo plato;
el cuenco volvió a hundirse.
El perfume de valhalla de la guardiana,
atizado por una brisa,
enmarcó el levantamiento del tercer cuenco,
el de mis emociones,
y fue depositado en el mismo plato,
el cual casi llegó al piso.
Unos gritos enmarcaron este momento:
¡Ay, ay, ay!
La guardiana,
con pasos de nirvana
llegose hasta un cortinal de sedas
y de allí salió trayendo un gran frasco,
el que depositó en el plato opuesto de la balanza;
el cuenco se niveló con el otro,
y luego descendió algo más.
¡Sonaron trompetas!
¡El estruendo de las acciones!
Las grandes hazañas. Los pequeños logros. La transmutación voluntaria.
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15.- DISTANCIA |
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16.- INMORTAL |
Atravesé el gran portón de la biblioteca de la vida;
los inmensos pilares de sus claustros
sostenían sus techos semejantes al cielo;
entre sus inmensos muros
la insignificancia mía era evidente
como la de una hormiga.
Hombres con cabeza de chacal
vigilaban esos aposentos llenos de majestad y gloria;
atravesé un patio,
seguí por un corredor
hasta el corazón de esa estancia cósmica.
Un misterioso vano,
que en vez puerta tenía una sutil catarata de agua,
me llevó hasta el corazón mismo
de esa inmensidad labrada en una piedra.
Binah,
la madre de los dioses y los mortales,
estaba allí;
su infinita belleza arrellenada en un trono
precedía los grandes estantes llenos de legajos;
todo humano tiene aquí
el libro de su entera vida,
no solo de la presente.
Ella, Binah,
me miró como mira a todo lo que tiene vida,
y con una amorosa venia me señaló
los volúmenes que precedía
y cuyo número se parecía a las arenas del mar.
Busqué el legajo mío
entre aquellos que estaban
bajo el título de «Miseria»;
tras tediosa búsqueda,
horas y más horas,
incontables horas,
no lo hallé.
En algún lugar debe estar,
no puedo creer que no esté aquí,
pues este es el lugar que presumo,
y empecé una revisión,
que me trajo el inicial resultado.
¡Ah, sí, la vida me ha ignorado,
estoy extinto, no nací!
Una repentina idea,
por si acaso,
me dijo que buscará entre aquellos
que estaban bajo el cartel: «Purgatorio»
Y en este grupo,
donde están los «ni pobre ni rico»,
tampoco encontré el libro mío;
¡Qué va, la vida no me trajo al mundo,
se olvidó de mí!
Ya,
caminando desorientado
entre ese desierto de volúmenes,
que brillaban como las innumerables estrellas del/ cielo,
la casualidad me llevó
hasta un dintel que decía: «Riqueza».
¡La ficción está aquí,
pero qué importa,
es necesario que me divierta,
leyendo estos gordos textos
que no son míos!
Pero, un momento,
¡el libro mío está aquí!
¡Esto es increíble!
¡Y está abierto!
¿Yo y mis andrajos,
tenemos todas las posibilidades abiertas
que los otros no?
La mente, la bestia que debe ser domada.
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Cada árbol es una encendida llama
ardiendo en medio del bosque.
Cada hoja de sus ramas,
ya madura,
es una incandescente yesca
depositada en el ceniciento piso.
El viento
es una idea nacida
del chasquido de una magna sinapsis
y suele arrastrar las hojas caídas
en un vendaval rotante
no humeante,
sí sonoro.
Libélulas de ardientes alas
y cuerpos de metal como salidos de la fragua
vuelan alrededor del torbellino.
Las aletas de los pececillos,
en su elemento líquido,
son llamas móviles.
De fuego está hecha cada cosa viva,
y cada cosa viva es el fuego mismo.
La tierra,
donde los árboles tienen plantadas sus raíces
es absolutamente negra,
que no parece negra;
pues el color de las tinieblas aquí no existe.
Esto es lo que soy,
un fuego compacto,
un agujero negro,
la nova que fue,
la implosión de la materia,
una vida
que está más allá del corte de la guadaña.
Conozco un jardín,
en medio del bosque,
donde florecen pétalos fulgurantes
como llamaradas solares.
Esas flores,
de maduras vuelan como gráciles pajarillos.
Y mientras mis manos
toman la pluma cotidiana,
o el arco y el venablo de la guerra,
los llameantes pétalos de las flores
se baten en oleadas sobre la brisa.
De una charca cercana,
salta un pez;
es un meteorito
que hende la oscura atmósfera.
La luz del pez ilumina mi terrible faz
de antimateria.
La danza mía,
mi danza marcial,
en ese jardín,
está mas allá
de la misma guerra de las estaciones del año.
No son las gotas de mercurio de la lluvia primaveral,
no es el rojo véspero del oro veraniego,
no es el albo destello del hierro otoñal,
ni los cerrados ojos del plomo invernal.
Llamarada solar.
Una magna inflorescencia de diente de león. Las anteras de las muchas anteras de un diente de león son lenguas de fuego incandescente cargadas de polen.
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17.- MEMORIA |
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18.- OJOS ADENTRO |
Salí a caminar.
Las horas del día empedraban las calles.
Había charcas,
por aquí y por allí.
Charcas,
que en vez de líquido
estaban llenas de números.
Charcas donde los almanaques
habían dejado caer todo su contenido,
lo que las imprentas grabaron en papel.
Alguna sombra había por allí
debajo del intenso sol,
y me recosté en ella,
en el agrietado tronco de un árbol
cuyas raíces
se alimentan con el sonido de los relojes.
El sopor del día trajo avecillas,
cosas volátiles
que cantaban
como el cuarzo cuando suspira minutos.
Cada canto necesitaba de alimento,
cosa que yo podía dárselo,
durmiendo.
Así, la sombra que me cobijaba,
metió sus raíces en mis huesos,
¿de qué otra manera podría sorber la médula mía?
Mis huesos roídos
por las fauces de los relojes,
hoy, se secan al sol.
Hay sangre allí, mía,
cosa salina que aún se puede oler;
sangre que aún se puede ver corriendo
por los minutos ripios de mis venas;
sangre que aún se puede lamer
con el hierro corrosivo de alguna lengua...
Huesos míos,
ya sin piel.
Huesos míos,
ya sin sangre.
Huesos míos,
ya sin médula.
Huesos,
que las horas del día convierte en charca.
Un reloj sin segundos. Un reloj sin minutos. Un reloj sin horas...
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Dos puertas abiertas:
una lleva al empíreo,
la otra al submundo.
La puerta siempre abierta,
es fácil;
es el sol que todos buscan
para calentar sus huesos,
sus sesos,
sus rezos.
La puerta siempre cerrada,
es difícil;
es el frío que todos rechazan,
para congelar sus huesos,
sus sesos,
sus rezos.
La puerta siempre abierta,
es llana,
no hay esfuerzo;
se viste ropa veraniega.
La puerta siempre cerrada,
es accidentada,
es drástica;
se viste ropa de aventura.
La puerta siempre abierta,
tiene tras de sí un espejo;
en él te ves sabio,
bello,
angelical.
La puerta siempre cerrada,
tiene tras de sí un espejo;
en él te ves ignorante,
feo,
diabólico.
La puerta siempre abierta,
te lleva a la simpleza,
a la costumbre,
a lo conocido.
La puerta siempre cerrada,
te lleva a lo extraordinario,
a la aventura,
a lo desconocido.
La puerta siempre abierta;
te entrega una fauna adorable.
La puerta siempre cerrada,
te entrega un perro de tres cabezas.
Barrotes que se deben romper. Barrotes de hidrógeno, carbono, oxígeno y nitrógeno. Barrotes para el ojo del microscopio. Barrotes para diluirlas con reacciones químicas. Barrotes que la voluntad humana convierte en sustancias simples. |
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19.- EL ALLÁ DEL AHORA |
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20.- GOTA DE MIEL |
Luego de haber cruzado yo
las enigmáticas instalaciones del más allá,
me llego al portal del non plus ultra.
Dos columnas hay tras el portal,
y en sus bases
dos guardianes con cabezas de chacal hacen guardia.
Uno de los vigilantes tiene una espada ardiente
y el otro un pesado libro.
El guardián del libro,
abre su viejo legajo, y,
luego de leerlo,
me indica que tengo el permiso
para entrar en los vastos interiores
de los compartimientos que ellos protegen/ celosamente.
Luego de una breve caminata sobre el enlosado
de un suntuoso salón tan grande como el propio/ mundo,
me acerco al despacho del director de esa misteriosa
institución del infinito.
Los ojos espantosos del regente,
con su fuego que incineraría a un mortal cualquiera,
me miran;
su boca aterradora de gran chacal se abre,
y mostrando sus dientes tétricos de fobia cristalizada,
dice:
«
¡Bienvenido!»
La electricidad de su lengua
mataría como mil muertes,
y pulverizaría cualquier carne y hueso
que no le fuera conocido.
Con su tronido característico,
continúa diciendo:
«Me debes algunos negocios, ¿sabes?»
Le respondo:
«Lo sé. Por eso estoy aquí.»
Me dice:
«¿Pagaras tus deudas?»
Le respondo:
«Pagaré mis deudas.»
Me dice:
«Bien, qué esperas. ¡Pasa!»
Me adentro en un compartimiento repleto de viejos/ legajos;
estantes, mesas, armarios, repisas,
están colmados de amarillentos volúmenes.
Desplazándome entre pesados aparadores diseñados
en tiempos tan viejos como el futuro,
me acerco al anaquel
donde permanece mi «libro de siempre»
lo levanto.
La electricidad estática de este legajo pudo matarme,
pero simplemente quemó la impedimenta mía;
y resulta que el hierro de mis armas, ofensivas y/ defensivas,
yacen por tierra, pulverizadas.
Estoy desnudo;
con un libro en las manos y leyéndolo.
Pasan horas y más horas en esta faena,
mientras la historia mía vuelve al recuerdo mío.
me digo:
«
¡Tantas conquistas... pero, ninguna verdadera!
Tanto dolor ajeno, ¡como una espina clavada en el calcañar mío!»
Aún sin terminar de leer el grueso sumario mío,
me voy llevándolo conmigo.
Vuelvo con el rector de la vasta biblioteca,
quién, viéndome llegar de nuevo,
sin decir palabra alguna,
me señala un rincón.
Un rincón donde arde el sol,
el astro que cada mañana calienta la vida
es como una bola de carbón encendido en un fogón.
En esa mufla,
incinero mi libro,
hoja tras hoja;
minuto tras minuto,
hora tras hora,
día tras día,
año tras año.
Mis deudas.
El desierto del tiempo; sus dunas llenas de viento. Y más allá... |
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La bóveda del cielo es una concavidad llena de sangre,
y en medio de la vasta tierra serpentea una senda.
Hay tantos caminos que reptan en la tierra
y suben,
y suben hacia el pináculo de la cordura.
La senda esta,
la senda mía,
ha iniciado su marcha del Infierno mismo,
de sus necesidades insatisfechas,
de sus anhelos gloriosos,
y ha recorrido la tierra hendiéndola con sangre y fuego.
Es el camino por el que marcha mi rocín,
llevándome en su escamoso lomo.
Este terrible bípedo del pasado Jurásico
cuya terrible lengua de fuego no pueden oír
los que aún moran en sus propios infiernos,
recorre la tierra
tan fugaz como un rayo de tormenta negra.
La senda mía,
luego de la tierra,
sube al cielo.
Y debo desenvainar una vez más mi espada,
la del fuego Filosofal,
y esta vez contra los negros alados
que en todos los tiempos rigen los Empíreos.
Inconmensurable es esta marcha,
un conflicto contra todos los tiempos,
contra todos los espacios,
contra todos los seres
que conforman los barrotes del infinito.
Rota las cerraduras de la vida,
traspuesta las puertas de la muerte,
y aplastada la limitación de la inmortalidad,
tan solo luego viene el descenso.
La bóveda del cielo es una concavidad llena de sangre,
y en medio de la vasta tierra serpentea una senda.
Hay tantos caminos que reptan en la tierra
y bajan,
y bajan hacia la hondura de la cordura.
La senda esta,
ha iniciado su marcha del Elíseo mismo,
de sus necesidades insatisfechas,
de sus anhelos gloriosos
y ha recorrido la tierra hendiéndola con sangre y fuego.
Es el camino por el que marcha mi rocín,
llevándome en su emplumado lomo,
el terrible bípedo del futuro Jurásico
cuya terrible lengua de fuego no pueden oír
los que aún moran en sus propios cielos,
recorre la tierra
tan fugaz como un rayo de tormenta solar.
El camino luego de la tierra,
baja al infierno.
Y debo desenvainar una vez más mi espada,
la del fuego Filosofal,
y esta vez contra los alados
que en todos los tiempos rigen los Hades.
Inconmensaurable es esta marcha,
un conflicto contra todos los tiempos,
contra todos los espacios,
contra todos los seres
que conforman los barrotes del infinito.
Rota las cerraduras de la vida,
traspuesta las puertas de la muerte,
y aplastada la limitación de la inmortalidad,
tan solo luego viene el ascenso.
La flor esa, cargada de néctar, indica que mi alimento está maduro. Mi vuelo me acerca a la flor para beberlo. ¡Ah, la inmortalidad es mía! ¡Allá voy! |
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21.- ALETEO |
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22.- MÍOS |
El camino ese,
entre el bullicio de ramas de
los árboles petrificados
por alguna mirada
de las muchas que tiene
la medusa del tiempo.
Yo camino en esa vía.
Piedras hay junto al camino,
cercándolo;
son los frutos turgentes
caídos de los árboles de antaño.
Un último árbol,
el más añoso,
el más gordo,
el más alto,
y el que más piedras ha puesto en el camino,
está al final de mi paseo.
El corcho de ese duro árbol,
ahíto de arrugas descascarándose,
es mi graderío,
por el subo,
escalo hasta el cielo.
Entonces estiro mis alas,
las que guardé mientras caminaba,
y me pongo a volar.
Un manantial y, de él, brotando las licuadas entrañas de una zampoña. Un corazón palpitante.
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Estoy dentro del non plus ultra
y desde esta oscuridad
mis ojos miran el presente.
Tanto individuo viene por aquí
para regresar por sus pasos inútiles
sin conseguir sus metas.
El fuego de mis ojos los rechaza,
mis dientes están prestos para comer su voluntad,
mi corazón conoce su corazón.
Soy el que pide las monedas
y el peaje lleva a sus infiernos,
hay muchos allí
que pagaron una moneda falsa,
y ¿sabes? no están conformes,
quieren volver a su mundo anterior.
No se los permito,
no permito que salgan
como no permito que entren
los que no me conocen.
Sus demonios,
sus propias sombras castigan aquí sus alegrías,
son las torturas
que ellos mismos sembraron en otros.
Sin bozal, sin cadenas, en la puerta. |
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23.- SONIDO: |
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24.- ALQUIMIA |
El cielo está abierto encima mío
y allá arriba hay una trompeta
que puedo tomar con las manos.
La música que le saco al instrumento,
susurrante,
ignorada,
ha salido de otras entrañas
no mías.
Suena la trompeta,
esta vez potente
y no hay oído que la ignore,
el mundo está repleto de sus acordes.
Un pentagrama se forma bajo mis pies,
un camino que se pierde en el infinito,
y por él me veo caminando.
Notas musicales brotan con cada pisada mía
y se convierten cuerpos humanos,
de hombres y mujeres.
Danzan ellas y ellos
y qué mejor que las estrellas alrededor del Amor.
No hay mejor piano que el surco este,
el pentagramam,
para sembrar notas musicales con los pies
caminando por la inmensidad de lo honesto.
Suena la trompeta,
esta vez en silencio,
convirtiéndose en luminarias
en los lugares vitales míos,
y como tal,
hecho música
puedo viajar por el infinito de los números.
Te pido que rompas el cristal del reloj y estaremos caminando en la misma playa.
Me he puesto a caminar dentro de ese reloj...
En la playa esa formada por la arena del antiguo reloj y el remanso que se extiende hasta el horizonte.
El viento posado en una rama del cocotero cruje un trino.
Las dos alas del ave, son del mismo canto.
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¿Quién me dice que el oro se esconde
en el simple barro
por la rutina del tiempo?
Con un pico en las manos
me dispongo a romper esa vieja costra
que los días han amontonado en el destierro.
Duro es
y,
¡ay!, sangran mis manos
sin que esos destellos dorados
llenen mis ojos de luz.
Seca es la roca,
negra la luz,
y aún persevero con el músculo hinchado.
Los minutos se tornan en horas
y las horas en días
y nada he logrado.
La dorada luz
en sus entrañas ciegas
se hunde más en lo imposible.
El cincel mío se embotó
y el músculo se cansó
otra rutina volvió.
Y allí en la intemperie de la roca
me siento a descansar,
a esperar un momento mejor
que nunca llegará...
«¿Y sabes porqué?», me dice una voz no mía.
«Porque tus ojos están ciegos
y no tienes agua para lavarlos.
Porque si quisieras tomarías esa mano tendida
que lleva una jarra de ambrosía
y la beberías
y la untarías en tus cuencas muertas».
Tomo esa mano
y me permito beber de ella
y mis ojos se abren.
¿Es posible?,
estuve todo el tiempo
en medio de todo el oro del mundo
y ahora lo sé. |
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25.- COFRE |
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26.- VERSOS |
En medio del océano,
cubierto del nácar del tiempo,
en un vientre que tuvo fuego,
espera un pequeño resplandor.
Me lanzo al agua
y las profundidades vienen a mí
con la misma ceguera de lo prohibido.
Oscuridades hay que nadie ha vivido
pero te buscan
para verte retroceder,
intimidan.
Conozco las flaquezas esas que separan
la intensión de lo real,
buceando en el océano de las profundidades,
las sabemos
cuando divisamos su resplandor
pero no su realidad.
¡Sorpresa! Es una enorme almeja
la guardiana del resplandor gestante!
Sus bisagras de hierro
estrujan toda esperanza.
¡Vamos, todavía no sé de imposibles!
Toda prisión es el producto
de un trauma invencible,
la insalubre sombra de unos goznes
que sostienen la indecisión.
La terrible zarpa
se torna blanda ante la confianza
y allí en sus profundidades
el resplandor encadenado
fluye inundando el océano.
Los pies nos pueden llevar por los innumerables pasadizos de la vida. El tiempo transcurre por ellas y va en direcciones que nadie puede detener. Los días corren por aquí y lo hacen a pasos lentos y sosegados por allá. El sol relumbra por alguna calle y las sombras vienen por otra calle. En algún momento la aurora suele guiñar con su alegre claridad por la abertura de alguna calle y cerrar sus párpados por la cerradura de otra calle. Calles que van en la dirección de los ríos de pasos; pasos que de cuando en cuando son succionados por la corriente de un remolino en algún cruce donde convergen muchas calles... |
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Escribo en una roca
con un buril
que la circunstancia puso en mi mano.
La roca es dura,
mi persistencia lo es más
y chispas arranco.
¿Lo creís?, una chispa quema la rama,
y la rama incendia la pradera.
Este es mi primer verso
y el buril quemante tiene otro
que la euforia acumula al pie de la roca.
Polvo aquí,
con agua es la arcilla,
para crear cuerpos de una fauna
que naciendo aquí
se van caminando
hasta perderse en el horizonte.
El buril no descansa,
¡zaz! ¡zaz! y otro verso grafica la roca
y sus chispas se acumulan bajo la roca
como un cúmulo de piedras esculpidas
con aspecto de letras,
texto pétreo.
Decir debo que otros versos míos
tienen este mismo aspecto
bajo mis pies
los que al final resbalan
en avalancha
hasta el fondo de la montaña.
Por hoy basta.
tras un último verso,
la satisfacción enciende mis ojos de Homo erectus,
y es el momento en que barrita un mamut.
La semilla ya madura de la amarilla inflorescencia
está lista para surcar los cielos. Levanta vuelo. Sus alas tienen un ancla. En algún momento esta pesará tanto que descenderá hasta abrirse en el terrón de la metamorfosis.
Lleva en sí su permanente casa, su madre, su padre, su todo.
¿Qué es el infinito para la semilla?
Vuela por una ruta que el viento trae, impulsadas por sus alas de mosquito. |
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27.- SOMBRAS |
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28.- TÚ |
El corazón del laberinto
es mi morada.
No recuerdo cuando me decidí
descender
hasta estas profundidades;
solo sé que un rastro me trajo hasta aquí.
Mi música callé,
no suena más,
mi arrullo durmió al dueño del laberinto,
a la bestia mía,
y desde entonces,
en frente mío ronca y muge.
Vine hasta aquí,
cuando la bestia mía no dormía,
rompí su furia,
pero no la llama de su vida
como me lo propuse.
Ahora,
sus terribles cuernos aún esperan
con la idea de atravesarme,
y no me atrevo a romperle la cerviz
porque sé que es demasiado para mis fuerzas y mis/ esfuerzos,
y mantenerlo dormido
es lo mejor que pude encontrar.
Espera sentado en el recibidor de su Majestad. Solo y sin nadie más en su entorno, así estará en las siguientes horas, esperando. |
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La antara no puede callar
suena en medio del silencio,
suena aún cuando la mente cruje
sus sueños sin vacaciones.
¿Tienes lo que yo tengo?
¿Qué tengo yo?,
simplemente un cúmulo de ayeres
y me he propuesto
a convertirlo en un cúmulo de mañanas,
donde la sola presencia de los ayeres
estará en cada hoy recién hecho música.
La fuente de la vida suena
y no he olvidado esto que aprendí
mirando el corazón del viento,
la profundidad de las verdades
que tiene cada sonido
salido de sus pulmones de bambú.
El vaivén de las olas del tiempo
trae de lo insondable flores sonoras
que coloca sobre la multitud de texto escrito
en la piel auditiva de un neonato.
La dermis auditiva mía,
está escrita con un cincel de caligrafía primate,
la hice en mi cueva
cuando me despertó un susurro
que se deslizó de la música. |
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Reservados todos los derechos.
Copyright © Raúl Huayna |
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